Ferrer, Horacio Arturo
Poeta, compositor, recitador y difusor
(2 junio 1933 - 21 diciembre 2014)
vio la luz en un hogar montevideano impregnado de arte. De muy niño escribía ya versos, obras para títeres y, algo después, milongas que cantaba, acompañándose en guitarra, para sus amigos del barrio en el sótano de un almacén. Quien le enseñó a sacar tangos de oído en la guitarra fue un tío materno que vivía en Buenos Aires, en la margen occidental del Río de la Plata, adonde viajaba con sus padres frecuentemente. Fue ese mismo tío quien le haría conocer la noche porteña, con toda su galería de personajes bohemios.
Sus primeros tangos surgieron a comienzos de los '50, apareciendo en ellos la temática y el estilo por momentos surreal de sus obras posteriores. Con amigos de la carrera de arquitectura y el coleccionista Víctor Nario inició en Uruguay un programa radial semanal: Selección de Tangos, desde el cual se propuso defender a las resistidas tendencias vanguardistas. De esa audición insurgente nacerá en 1954 El Club de la Guardia Nueva, que organizaba conciertos con Aníbal Troilo, Horacio Salgán y el revolucionario Octeto Buenos Aires de Astor Piazzolla. A éste lo conoció en 1955, al regresar Astor de Francia. Ese encuentro alcanzaría gran trascendencia.
Ferrer redacta, ilustra y dirige durante siete años la revista Tangueando, mientras sus versos y sus tangos permanecen inéditos. En esa misma época, entre 1956 y 1959, estudia bandoneón y comparte una pequeña orquesta. Durante este último año publica su primer libro El Tango. Su historia y evolución, editado por la casa Peña Lillo. Por las dos ondas del SODRE, la radio oficial uruguaya, pone en el aire hasta 1967 ciclos orgánicos sobre la evolución del tango. En lo sucesivo conduciría numerosos programas radiales y televisivos en las dos orillas del Plata.
Tras abandonar sus estudios de arquitectura ingresó como redactor a los suplementos del matutino montevideano El Día, y por pedido de Troilo escribió “La última grela”, tango con el que iniciara su trayectoria de letrista consagrado. Los años que siguieron abundaron en hechos significativos, y entre éstos la celebración del Primer Festival Universitario de Tango, con la participación de Piazzolla, Julio De Caro, César Zagnoli, Prudencio Aragón y otros.
En 1967 graba los poemas de su “Romancero canyengue” para el sello argentino independiente Trova, acompañado por la guitarra de Agustín Carlevaro. El disco provoca que Piazzolla lo invite a escribir juntos, lo que harán intensamente hasta 1973. Así surge, como primer gran fruto, la operita “María de Buenos Aires”, que en 1968 estrenan, en la sala Planeta de Buenos Aires, Piazzolla con su orquesta de diez músicos, las voces de Héctor de Rosas y Amelita Baltar, y el propio Ferrer como recitante en el papel de El Duende. Trova la edita en dos LP, mientras van surgiendo los primeros tangos del binomio, como el ya clásico “Chiquilín de Bachín” y “Juanito Laguna ayuda a su madre”, mostrando un claro compromiso social.
A lo largo de 1969 surge la serie de tangos llamados baladas, de los cuales “Balada para un loco” constituirá un éxito resonante, el primero auténticamente masivo que disfrutará Piazzolla. Entre varias obras en que Ferrer despliega su peculiar imaginario, con un lenguaje que lo distingue absolutamente de cualquier otro letrista (“Canción de las venusinas” y “La bicicleta blanca” son ejemplos de ello), sobresale “Fábula para Gardel”, una emocionada introducción al arte del genial cantor, con la poética excusa de un padre que le habla de él a su pequeño. En su estreno, el poema fue recitado insuperablemente por el propio Ferrer en el Luna Park de Buenos Aires, acompañado por ocho bandoneones y una gran orquesta bajo la batuta de Piazzolla, en una noche apoteótica. Aquellas producciones quedaron plasmadas en el disco Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en Persona.
Entre un extenso número de obras, presentaciones y premios en varios países, Ferrer colaboró con importantes artistas del género, como Roberto Grela, Leopoldo Federico, Raúl Garello y Horacio Salgán, con quien en 1975 compuso el “Oratorio Carlos Gardel”. Al año siguiente escribió con figuras ya míticas del tango, como Julio De Caro (“Loquita mía”), Pedro Laurenz (poniendo versos a “Esquinero”), Armando Pontier (“El hombre que fue ciudad”), Osvaldo Pugliese (“Yo payador me confieso”) y Aníbal Troilo (“Tu penúltimo tango”).
Además de prolífico letrista (“Balada para mi muerte”, “El Gordo triste” y “El hombrecito blanco” son ejemplos de su poder creador), Ferrer es autor, entre otras obras, de El Libro del Tango, Arte Popular de Buenos Aires, cuya primera edición data de 1970. Sobre todo en su edición de 1980 en tres tomos (Antonio Tersol Editor), con más de dos mil páginas, es la referencia obligada de cualquier estudioso.
" de chiquilín te miraba de afuera"
cafe de Garcia
martes, 3 de febrero de 2015
EL DUENDE DEL TANGO
Ferrer, Horacio Arturo
Poeta, compositor, recitador y difusor
(2 junio 1933 - 21 diciembre 2014)
vio la luz en un hogar montevideano impregnado de arte. De muy niño escribía ya versos, obras para títeres y, algo después, milongas que cantaba, acompañándose en guitarra, para sus amigos del barrio en el sótano de un almacén. Quien le enseñó a sacar tangos de oído en la guitarra fue un tío materno que vivía en Buenos Aires, en la margen occidental del Río de la Plata, adonde viajaba con sus padres frecuentemente. Fue ese mismo tío quien le haría conocer la noche porteña, con toda su galería de personajes bohemios.
Sus primeros tangos surgieron a comienzos de los '50, apareciendo en ellos la temática y el estilo por momentos surreal de sus obras posteriores. Con amigos de la carrera de arquitectura y el coleccionista Víctor Nario inició en Uruguay un programa radial semanal: Selección de Tangos, desde el cual se propuso defender a las resistidas tendencias vanguardistas. De esa audición insurgente nacerá en 1954 El Club de la Guardia Nueva, que organizaba conciertos con Aníbal Troilo, Horacio Salgán y el revolucionario Octeto Buenos Aires de Astor Piazzolla. A éste lo conoció en 1955, al regresar Astor de Francia. Ese encuentro alcanzaría gran trascendencia.
Ferrer redacta, ilustra y dirige durante siete años la revista Tangueando, mientras sus versos y sus tangos permanecen inéditos. En esa misma época, entre 1956 y 1959, estudia bandoneón y comparte una pequeña orquesta. Durante este último año publica su primer libro El Tango. Su historia y evolución, editado por la casa Peña Lillo. Por las dos ondas del SODRE, la radio oficial uruguaya, pone en el aire hasta 1967 ciclos orgánicos sobre la evolución del tango. En lo sucesivo conduciría numerosos programas radiales y televisivos en las dos orillas del Plata.
Tras abandonar sus estudios de arquitectura ingresó como redactor a los suplementos del matutino montevideano El Día, y por pedido de Troilo escribió “La última grela”, tango con el que iniciara su trayectoria de letrista consagrado. Los años que siguieron abundaron en hechos significativos, y entre éstos la celebración del Primer Festival Universitario de Tango, con la participación de Piazzolla, Julio De Caro, César Zagnoli, Prudencio Aragón y otros.
En 1967 graba los poemas de su “Romancero canyengue” para el sello argentino independiente Trova, acompañado por la guitarra de Agustín Carlevaro. El disco provoca que Piazzolla lo invite a escribir juntos, lo que harán intensamente hasta 1973. Así surge, como primer gran fruto, la operita “María de Buenos Aires”, que en 1968 estrenan, en la sala Planeta de Buenos Aires, Piazzolla con su orquesta de diez músicos, las voces de Héctor de Rosas y Amelita Baltar, y el propio Ferrer como recitante en el papel de El Duende. Trova la edita en dos LP, mientras van surgiendo los primeros tangos del binomio, como el ya clásico “Chiquilín de Bachín” y “Juanito Laguna ayuda a su madre”, mostrando un claro compromiso social.
A lo largo de 1969 surge la serie de tangos llamados baladas, de los cuales “Balada para un loco” constituirá un éxito resonante, el primero auténticamente masivo que disfrutará Piazzolla. Entre varias obras en que Ferrer despliega su peculiar imaginario, con un lenguaje que lo distingue absolutamente de cualquier otro letrista (“Canción de las venusinas” y “La bicicleta blanca” son ejemplos de ello), sobresale “Fábula para Gardel”, una emocionada introducción al arte del genial cantor, con la poética excusa de un padre que le habla de él a su pequeño. En su estreno, el poema fue recitado insuperablemente por el propio Ferrer en el Luna Park de Buenos Aires, acompañado por ocho bandoneones y una gran orquesta bajo la batuta de Piazzolla, en una noche apoteótica. Aquellas producciones quedaron plasmadas en el disco Astor Piazzolla y Horacio Ferrer en Persona.
Entre un extenso número de obras, presentaciones y premios en varios países, Ferrer colaboró con importantes artistas del género, como Roberto Grela, Leopoldo Federico, Raúl Garello y Horacio Salgán, con quien en 1975 compuso el “Oratorio Carlos Gardel”. Al año siguiente escribió con figuras ya míticas del tango, como Julio De Caro (“Loquita mía”), Pedro Laurenz (poniendo versos a “Esquinero”), Armando Pontier (“El hombre que fue ciudad”), Osvaldo Pugliese (“Yo payador me confieso”) y Aníbal Troilo (“Tu penúltimo tango”).
Además de prolífico letrista (“Balada para mi muerte”, “El Gordo triste” y “El hombrecito blanco” son ejemplos de su poder creador), Ferrer es autor, entre otras obras, de El Libro del Tango, Arte Popular de Buenos Aires, cuya primera edición data de 1970. Sobre todo en su edición de 1980 en tres tomos (Antonio Tersol Editor), con más de dos mil páginas, es la referencia obligada de cualquier estudioso.
jueves, 29 de enero de 2015
"BARQUINA"
Barquina fue uno de los personajes característicos de “la fauna porteña”, cuyo verdadero nombre era Francisco Antonio Loiácono. Por su andar compadrito, Carlos Muñoz (el Malevo Muñoz) lo bautizó Barquinazo, que el mismo Loiácono acortó en el sobrenombre que lo popularizó.
Barquina hizo el cursum honores en el diario Crítica donde ingresó como ascensorista, después fue secretario de Ulyses Petit de Murat y, finalmente, hombre de confianza de Natalio Botana.
Logró recomponer la amistad entre Carlos Gardel y Carlos de la Púa, distanciados a raiz de una nota publicada por éste con motivo de haber cantado Gardel una canzoneta, y en la que le aconsejaba: «¡Largá la mandolina, Carlitos!».
Salvó de un mal trance a muchos de sus amigos incluyendo a Petit de Murat, al que consiguió arrebatar de los verdugos torturadores de la Sección Especial de la Policía.
Le dedicaron varios tangos, entre ellos “Barquinazo” de Roberto Firpo y “Dos lunares” de Francisco Canaro.
Loiácono es el autor de las letras de los tangos “Cantor de mi barrio” y “N.P.”, ambos musicalizados por Juan José Riverol, que fueron grabados por la orquesta de Aníbal Troilo, aquél con la voz de Roberto Goyeneche y éste cantado por Raúl Berón.
Por su apodo es recordado por Cátulo Castillo en el tango “A Homero” con música de Aníbal Troilo:
Vamos,
vení de nuevo a las doce...
Vamos,
que está esperando Barquina...
Vamos,
¿No ves que Pepe esta noche,
no ves que el viejo esta noche
no va a faltar a la cita?...
(Donde dice Pepe y el viejo, se refiere a José Razzano).
viernes, 16 de enero de 2015
EL MAESTRO KAPLÚN
Se llamaba Israel Kaflún y había nacido en Balvanera, en un inquilinato. Su padre, Leiser Kaflún, venido de Besarabia, se ganaba pobremente la vida como vendedor ambulante de gorras y sombreros, que llevaba en un gran cesto de mimbre. Clara Finkel, su mujer, también era besárabe.
Los dos primeros hijos de la pareja murieron de escarlatina. El tercero en llegar al mundo fue Israel. Unos inquilinos negros, que ocupaban otra pieza del caserón, se encariñaron con el chico, y a ellos se debió que su nombre cambiara por el de Raúl. Les parecía que así lo llamaba Clara: «¡Srul! ¡Srul!», porque de esa manera sonaba Israel en idisch.
Además de enviarlo al «jeider» (escuela primaria judía) de la sinagoga de la calle Paso, también lo mandaron a aprender violín con el maestro Marcos Sadoski. Más tarde seguiría sus estudios musicales con José Fraga y por último con el alemán y muy prestigioso Edmund Weigand.
Cuando estaba terminando la primaria se presentó a un aviso del diario que pedía violinista. Al llegar se halló con una cola de veinte aspirantes, todos bastante más maduros que él. Pero lo escucharon tocar y se ganó el puesto, retribuido con 125 pesos mensuales. Así comenzó a acompañar películas mudas en los cines, tocando piezas clásicas con un pequeño ensamble.
Su encuentro con el tango ocurrió recién en 1926, cuando Julio Rosenberg le ofreció formar parte de la banda de jazz del cine-teatro Astral, que se inauguraba en Corrientes 1639. Allí, en el palco de la típica estaba el sexteto de Miguel Caló, al que pronto se integró. Del piano se encargaba Armando Baliotti, alias “Escombrito”, que fue uno de los más íntimos amigos de Kaplún. Con Roberto Maida como cantor estrenaron "Esta noche me emborracho", de Enrique Santos Discépolo. Tiempo después Caló partió hacia España con Cátulo Castillo y Kaplún pasa al cuarteto que armó Baliotti, en el cine Moderno, de San Juan y Boedo. Como el pequeño conjunto gustaba, el empresario decidió transferirlo a su mejor sala, el cine Los Andes, también en Boedo, y proponer que se ampliara a sexteto. Esto ya ocurría en 1928, cuando se acercaba la era del cine sonoro, con su terrible amenaza de desempleo para los músicos, que acabarían refugiándose en cafés y cabarets, y en la expansión de la radiofonía. Su debut en el éter fue a través de Radio Prieto en el '28, pasando en los años siguientes por diferentes estaciones.
El sexteto de Baliotti llevó sus tangos al Salón Imperio, de Maipú y Lavalle. En 1931 volvieron al Los Andes, convertidos en la Típica Criolla Baliotti.
En 1932 y 1933 halló sitio en el Trío Puloil, que acompañaba a los participantes en un concurso radial de vocalistas auspiciado por ese polvo limpiador e irradiado por la onda de Splendid. Caló en el fuelle y el inspirado Luis Brighenti, autor de “Ensueño”, en el piano completaban el terceto. Aquel certamen consagró a Hugo Gutiérrez como vencedor, y detrás de él a Andrés Falgás.
Entre tanto, Caló rearmó su sexteto para actuar en el café El Nacional, con Kaplún y Pedro Sapochnik como violines, Brighenti de pianista y la voz de Carlos Dante, que aún no era el descollante cantor que sería con Alfredo De Angelis.
Kaplún volvió con Baliotti cuando éste, en sociedad con Ginzo, estructuró una orquesta para el certamen de tango que el diario Crítica celebró en el Luna Park y que ganó “El mareo”, de Julio De Caro.
En 1934 comenzó Raúl una nueva decisiva etapa con Caló, que empezó a grabar en Odeón, registrando doce discos hasta 1938, sin ningún instrumental. La orquesta intervino en la película “La vida es un tango”, estrenada en febrero de 1939, en una de cuyas secuencias puede verse a Kaplún.
A lo largo de la década del '30, tan crítica para la Argentina como para el tango, maduraban músicos que, como Aníbal Troilo, Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese, Pedro Laurenz y Juan DArienzo, entre otros, iban abriendo el camino hacia el nuevo auge, que despuntó años antes de 1940. Un nombre clave fue el del violinista Argentino Liborio Galván, que hacia 1935 comenzó a escribir arreglos para unas pocas orquestas, entre ellas la de Miguel Caló.
En el “Libro del tango”, Horacio Ferrer remarca la preferencia de Galván por la cuerda, con una modalidad de «solos breves y variados, generosamente dibujados». Oscar Zucchi refiere, sin embargo, que los músicos aseguraban que «lo escrito por ese negrito esmirriado no se podía tocar». Gran parte de los ejecutantes no estaban a la altura de lo que el tango empezaba a reclamar de ellos. Ésta fue, precisamente, la oportunidad histórica que le permitió a Kaplún quedar ino como el iniciador del virtuosismo violinístico en el tango.
José Gobello va incluso más allá en su “Crónica general del tango”. Al preguntarse cuándo arrancó realmente el renacimiento tanguístico de 1940, lanza varias hipótesis, y entre ellas ésta: «¿Por qué no en 1937, cuando Raúl Kaplún ejecutó, en la orquesta de Miguel Caló, el primer arpegio lucubrado por Argentino Galván?»
Según refiere Luis Adolfo Sierra en “Historia de la orquesta típica”, Galván explotó las notables aptitudes técnicas de Kaplún, «escribiéndole los pasajes solistas con dificultades tales que exigían al máximo su gran destreza interpretativa.»
Al mismo conjunto de Caló ingresó luego, como segundo violín, Enrique Mario Francini, quien desarrolló el virtuosismo de Kaplún y lo llevó por un camino diferente hasta la cumbre, mientras la orquesta sufría una extraordinaria transformación bajo la influencia del pianista Osmar Maderna, que crearía el estilo diáfano que la identificó.
Para Raúl, admirador de Elvino Vardaro y de Alfredo Gobbi, había llegado el momento de buscarse otro lugar. Lo halló en 1942 en la orquesta del pianista Lucio Demare, que desde 1938 desenvolvía una modalidad que fundía marcación rítmica y temperamento sentimental, a tono con las ansias de bailar y vivir o soñar romances que palpitaban en el público. Contando con el talento del bandoneonista y arreglador Máximo Mori.
Además de su violín Kaplún le aportó a Demare algunos tangos por él compuestos, como "Canción de rango", cantado por Roberto Arrieta en 1942, “Una emoción", registrado en 1943 con Raúl Berón, ambos con letra de José María Suñé. También prendió "Qué solo estoy", con letra del locutor Roberto Miró, que Demare registró con Berón, así como Carlos Di Sarli con Alberto Podestá, para constituir una frecuente pieza de repertorio en lo sucesivo.
Menos perduración logró "Nos encontramos al pasar", nuevamente con Suñé, aunque se trate de un tango de inusual valor. Además de la grabación por Demare con Horacio Quintana en 1945, fue llevado al surco por Fiorentino con Astor Piazzolla en un registro antológico. Kaplún acusó años después a Héctor Stamponi de haber plagiado este tango para componer “Quedémonos aquí”. SADAIC comprobó que había seis compases coincidentes, pero Raúl se abstuvo de querellarlo.
La primera obra conocida de Kaplún fue el vals “Recordando a Musmé”, con letra de Manuel Ferradás Campos, editado en 1935. Otro de sus valses, compuesto en 1942, fue “Nunca supe por qué”, con versos de Luis Rubistein. Con Víctor Lamanna escribió en 1952 el tango “Casa de Carriego”, que cantó Héctor Mauré.
Hasta abril de 1946 había compartido con Demare las presentaciones en Radio El Mundo, en el Palermo Palace y en los cabarets Novelty y Casanova, además de las grabaciones en Odeón. Cuando el autor de "Malena" decidió viajar a Cuba, Kaplún se separó del conjunto para formar orquesta propia en junio de ese año, con el cantor Horacio Quintana como carta de triunfo y confiando los arreglos a Julio Ceitlin y, ocasionalmente, a Máximo Mori, quien a veces encabezaba la fila de bandoneones, integrada por Juan Kusta y por los hermanos Jorge y Mario Luongo. Otro bandoneonista fue el excéntrico e indisciplinado Ramón Acevedo, que se hacía llamar Robert Brigg. Debutaron en el café El Nacional, para pasar luego al Tango Bar y al Sans Souci, mientras actuaban por radio Belgrano, pero la relación entre director y cantor no fue buena y el binomio se deshizo.
Recién llegaría al disco en 1950, con lo que se perdieron aportes tan importantes como los de Hugo Duval y Roberto Goyeneche en esa etapa inicial de su carrera, cantando piezas como “Se lo conté al bandoneón”, con la que debutó, o “Mi tango triste”. Con sólo dieciséis años de edad, el Polaco rindió su prueba ante Kaplún en el cabaret Montecarlo cantando “Corrientes y Esmeralda”, y no dejó dudas. «A este pibe no me lo pierdo», pensó el maestro y lo incorporó a la orquesta para actuar en radio y en el Ocean, un dancing del Bajo. Después de cada actuación lo hacía dormir en un sofá hasta el cierre, y entonces lo acompañaba hasta la parada del tranvía, como le había prometido a la madre del muchachito. Hasta que una afección de garganta lo apartó por un tiempo y fue reemplazado por Juan Carlos Jordán. Éste intervino en el primer disco de los cuatro que Kaplún grabó para el sello TK, en una cara "Audacia", de Hugo La Rocca y Celedonio Flores, y "Tierra querida", de Julio De Caro, en una de las mejores entre las múltiples versiones que tuvo este tango. Jordán poseía un rasgo muy personal: desafinaba parejo. Si de entrada erraba medio tono en un tango, mantenía ese desvío de modo constante. Esto podía suceder en cualquier momento, en el estrado de la confitería Adlon, de Florida y Tucumán, o incluso saliendo al aire por Radio Belgrano o Splendid. Entonces Kaplún se le acercaba para guiarlo, nota por nota, con su violín, apartándose del arreglo.
Kaplún se había casado en 1933 con Amelia Altman, de apenas 17 años. Durante las épocas de mucho trabajo que sobrevinieron, Berta y Lidia, las dos hijas de los Kaplún, lloraban desconsoladamente al sentirse abandonadas por el padre, casi siempre ausente. Pero cuando regresaba les traía pizza de Las Cuartetas y helados de El Vesubio, como para que todo le fuera perdonado. Tal vez incluía en ese perdón aquel mundo de la noche, en el que sucedían cosas de las que nunca hablaba, que se suponían prohibidas, indecentes, que la familia debía ignorar aunque se diese por seguro que él atravesaba incontaminado todo aquello
martes, 13 de enero de 2015
LA VOZ PROFUNDA Y PEQUEÑA DEL TANGO
Luis Cardei fue un cantor de tangos que nació en el barrio de Villa Urquiza de Buenos Aires, Argentina el 3 de julio de 1944 y falleció en la misma ciudad el 18 de junio de 2000 luego de una carrera profesional en la que se destacó por su peculiar estilo interpretativo.
Era hijo de Catalina Fontanella y Luis Eduardo Cardei, tenía una salud muy frágil pues padecía hemofilia, que le fue detectada a los 8 años, sufrió varias operaciones al punto que algunos años no pudo caminar y, finalmente quedó con una renguera. Los espacios naturales del niño –fútbol, juegos en el barrio- que su salud le vedaba los llenó escuchando mucha radio, en especial tangos: conocía todos los repertorios e imitaba a todos los cantores. Pese a esos problemas tenía un carácter animoso y, estimulado por sus amigos, se presentó en muchos concursos de tango de los barrios de Chacarita, La Paternal y Villa Urquiza en los que recibió aplausos pero nunca ganó. Tuvo distintos trabajos, desde levantar quiniela –que hizo durante más de diez años- hasta vendedor en tanto en paralelo seguía con el tango.
Con su amigo bandoneonista Antonio Pisano cantaba, con pobre retribución, en cabarets de barrio y, más adelante, en locales gastronómicos como La guitarrita y El rincón de los artistas, de Villa del Parque y, finalmente, en "La esquina de Arturito", una cantina de Parque Patricios donde lo hizo durante 13 años, hasta que en 1994 fue descubierto y dio un salto a la popularidad cuando los dueños del Foro Gandhi y El Club del Vino le propusieron cantar para otros públicos. Tenía 50 años de vida y tango.
A partir de allí, y en sólo 6 años, grabó tres discos, tuvo numeroso público que incluía a intelectuales y famosos. En el curso de un largo artículo dedicado al fenómeno que estaba encarnando el cantor en el corazón de la “bohemia de tango en Buenos Aires”, fue llamado Le boiteaux fascinant "el rengo fascinante" por la publicación francesa Le Monde. En 1997, cuando ya había grabado dos discos, el director Pino Solanas lo llamó para cantar en su película "La nube" y esa participación dio origen a un nuevo apodo: el nuevo Goyeneche.
Durante su vida Cardei debió recibir numerosas transfusiones de sangre en razón de su hemofilia; a raíz de una de ellas contrajo una hepatitis C que provocó su fallecimiento el 8 de junio de 2000. Se había casado y tenía un hijo, Alfredo, nacido en 1975.
domingo, 11 de enero de 2015
EL MOROCHO Y EL ORIENTAL

Por mediación de un amigo, conoce en 1911 a Carlos Gardel en casa de un pianista apellidado Gigena situada en la calle Guardia Vieja del barrio del Abasto.
Unido a Gardel, Francisco Martino y Saúl Salinas recorre la provincia de Buenos Aires y La Pampa en breves giras, donde les va mal monetariamente, pero les sirve para templar sus voces y sus vocaciones artísticas.
Invitado por su amigo Pancho Taurel una noche del verano de 1913 a cantar en una rueda de amigos, acude acompañado por Gardel a la confitería "Perú" y de allí a una casa de la calle Viamonte a cenar. Luego de la cena y entusiasmada la reunión con el canto a dos voces de ambos, resolvieron seguirla en el "Armenonville", donde a la postre fueron contratados para actuar en ese renombrado cabaret, lugar donde quedó formalizado el que sería más famoso de todos los dúos criollos, el de Gardel-Razzano.
Al año siguiente, 1914, debutan en el teatro "Nacional" como fin de fiesta en la compañía de Elías Alippi y Francisco Ducasse. Después otras compañías, otros teatros, giras al interior, Montevideo y también San Pablo y Río de Janeiro, en Brasil.
Con el comienzo de la impresión de discos en la Odeón Nacional en 1917, el dúo ya está firmemente encaminado, hasta que da el formidable salto a España en 1923 con la compañía teatral de Matilde Rivera y Enrique de Rosas, para actuar en los teatros "Apolo" y "Price" de Madrid.
En el año 1925 deja de cantar pero sigue al lado de su compañero como asesor varios años más, hasta que se distancian definitivamente. Reaparece grabando algunos discos por 1929 y al tiempo visita Cuba como secretario artístico de Charlo.
Respecto a sus condiciones de autor y compositor, las mismas son discutibles, pues buena cantidad de las canciones que figuran como pertenecientes al dúo, son de otros autores, compositores, poetas, payadores, etc. o del acervo popular.
De su correspondencia con su antiguo compañero mientras éste actuaba en el viejo mundo, reproducimos una carta que Carlos Gardel le enviara desde París: "Mi viejo y querido Pepe. Ayer estuve dos horas, entre copas, charlas y jarana, en «El Garrón» de la Rue Fontaine. Es un bodegón como los del Once, ni más ni menos. Pero en estos días se llena de franchutes, de americanos, hasta de japoneses, con un cargamento impresionante de plata. La fiebre del tango los lleva allí. Yo me acordaba de aquel debut del dúo Gardel-Razzano, en el viejo «Armenonville»... ¿Te acordás del julepe que tenía? Ahora aquí, convertido de repente en un señor, me doy cuenta de que, con todas las fulerías que pasamos, en el viejo «Armenonville» estábamos entre gente igual a nosotros, que sentían el tango tanto como nosotros mismos. Aquí, en cambio, el gotán es una moda pasajera y caprichosa como todas. Enteráte: para cantar tangos, hay que vestirse de gaucho.
Y bueno, para no cambiar de tema, te sigo contando. «El Garrón» de que te hablo es propiedad de Pizarro, aquel bandoneonista que me presentaste hace tiempo. Su socio no es otro que el mismísimo Tano Genaro, que cada día toca mejor el bandoneón y está teniendo un éxito fabuloso aquí en París. En suma: un montón de argentinos alrededor de una mesa hablando del lejano y querido Buenos Aires. Al rato todos lagrimeaban...
En tu carta me pedís que te cuente algo de mis actuaciones. Vos sabés que me gusta poco hablar de mí mismo, pero en fin. ...Estoy actuando en el famoso teatro «Empire». El empresario, hombre que es un verdadero lince para los negocios, me trabaja de fino. Como mi contrato con él termina dentro de pocos meses, ha empezado a mandarme regalos, a tratarme como si yo fuera el Maharajá de la India. Quiere que el contrato se estire unos meses más. Yo le dije que va muerto. Tengo que ir a Estados Unidos a filmar. A propósito, parece que la película se va a llamar «Melodía de Arrabal» o algo por el estilo. El flaco Le Pera está escribiendo el argumento, que es una maravilla. En cuanto a plata... todo lo que diga es poco. ¡Qué lejos están aquellos doscientos pesos por noche que solían pagarnos en Buenos Aires años atrás! Habrá más que suficiente para varias boleteadas en San Isidro, a manos de nuestro querido Leguisamo. Pero sobre todo, y eso lo sabés igual que yo, hermano, para que la vieja pueda darse todos los gustos, todos los lujos que le han faltado siempre. Eso es todo por ahora, pero créeme si te digo que no me olvido un momento de José Razzano, amigazo flor, a quien le envía su fraternal saludo, Carlos Gardel".
martes, 6 de enero de 2015
POR CUATRO DÍAS LOCOS
Rodolfo Aníbal Sciammarella, conocido como Rodolfo Sciamarella2 (Buenos Aires, Argentina, 8 de octubre de 1902 – 24 de junio de 1973)1 fue un pianista, compositor y autor argentino.
Entre sus obras se encuentran, entre otras, No te engañes corazón, tango que supuso su estreno como compositor en 1926, Besos brujos, Vieja recova, Che Bartolo, Dos en uno, Qué fácil es decir, Hacelo por la vieja, Llévatelo todo, Pura sangre, De igual a igual y el Himno de las Américas. También colaboró en varias películas argentinas con sus creaciones. Exiliado a México con la caída de la presidencia de Juan Domingo Perón en 1955,3 y luego a España en 1962. En este último país continuó su carrera como compositor e intérprete de piano. En la actualidad y tras su fallecimiento, su obra sigue difundiéndose y sus principales éxitos forman parte del repertorio de muchas orquestas.
Es también conocido por haber compuesto el jingle original del anuncio de Turrones El Lobo 5 "El Lobo, qué buen turrón/El Lobo, qué gran turrón/El Lobo es un manjar/Es el turrón que endulzará su paladar/El Lobo. Qué gran turrón",
Filmografía
Musicalización
Por cuatro días locos (1953)
Rebelión en los llanos (1953)
A La Habana me voy (1951)
Al compás de tu mentira (1950)
Alma de bohemio (1949)
El ídolo del tango (1949)
Avivato (1949)
Un tropezón cualquiera da en la vida (1949)
La rubia Mireya (1948)
El tango vuelve a París (1948)
Recuerdos de un ángel (1948)
Cristina (1946)
La tía de Carlos (1946)
Cinco besos (1945)
La calle Corrientes (1943)
Ven mi corazón te llama (1942)
Elvira Fernández, vendedora de tienda (1942)
El tesoro de la isla Maciel (1941)
Un bebé de París (1941)
Melodías de América (1941)
Luna de miel en Río (1940)
Isabelita (1940)
El astro del tango (1940)
De México llegó el amor (1940)
La luz de un fósforo (1940)
Los muchachos se divierten (1940)
Mandinga en la sierra (1939)
El sobretodo de Céspedes (1939)
Los pagarés de Mendieta (1939)
Kilómetro 111 (1938)
Pampa y cielo (1938)
El último encuentro (1938)
Papá Chirola (1937)
Besos brujos (1937)
Muchachos de la ciudad (1937)
¡Tango! (1933)
Compositor del tema musical
Perón, sinfonía del sentimiento (1999)
El fabricante de estrellas (1943)
En el último piso (1942)
Peluquería de señoras (1941)
Si yo fuera rica (1941)
Isabelita (1940)
El ángel de trapo (1940)
Ambición (1939)
Adiós Buenos Aires (1938)
Sol de primavera (1937)
Ayúdame a vivir (1936)
Guionista
Los muchachos de mi barrio (1970)
Por cuatro días locos (1953)
Nace un campeón (1952)
A La Habana me voy (1951)
La barra de la esquina (1950)
Piantadino (1950)
Alma de bohemio (1949)
Un tropezón cualquiera da en la vida (1949)
Banda sonora
Tango (1998) (guionista: "Quién hubiera dicho")
La dama del velo (1949) (guionista: "No Te Perdono Más")
viernes, 2 de enero de 2015
MANUEL PIZARRO
nació en Buenos Aires (barrio de Almagro, en la calle Billinghurst 877), el 23 de noviembre de 1895 y falleció en Niza, Francia, el 1 de noviembre de 1982.
De muy chico ayudó a la economía familiar trabajando como aprendiz en un taller mecánico ubicado en Sarmiento y Laprida. Con respecto a su comienzo y a la primera parte de su trayectoria en la música, él mismo nos contó:
«Una de mis hermanas, como era costumbre en la época, estudiaba piano. A mí ese instrumento no me decía nada, la mayor de mis ambiciones era llegar a medio oficial en el taller donde trabajaba. Pero ocurrió que al lado de casa, estaba la peluquería de Don Leonardo y un día, al pasar por el frente, escuché una música que me cautivó. Me asomé y comprobé que provenía de un extraño instrumento, que un señor de grandes bigotes pulsaba suavemente sobre sus rodillas. Enseguida me enteré que ese señor era el famoso Juan Maglio Pacho, que vivía cerca, en Bulnes y Lavalle. A partir de ese momento todos los días que pasaba por el local preguntaba cuando vendría Pacho.
«Luego de demostrar repetidas veces mi interés, Maglio accedió a enseñarme, yo tenía 14 años y desafiaba la firme oposición de mi padre, para quien los músicos eran vagos y mal entretenidos. Poco después con la complicidad de mi abuela obtuve mi propio bandoneón, su precio fue muy alto para la época, $ 200.
«Pacho fue para mí un gran maestro. Me encaminó y me enseñó el teclado. Me gustaba también como ejecutaba cuando tocaba solo. Me agradaba su sonido y el matiz que le daba, por momentos fuerte, suave en otros. Tocaba bien con las dos manos.
«A los pocos meses me fui independizando y ya no concurría tan seguido a verlo. Le llevaba la partitura de piano para que me marcara los acordes abriendo y cerrando. A todo esto, había comenzado a estudiar teoría musical con Carlos Hernani Macchi, gran flautista de la Guardia Vieja, que también era profesor de piano. Comencé mi carrera en un baile de patio a la vuelta de mi casa. Me pagaron diez pesos. Luego con mi hermano Domingo que tocaba la guitarra, hicimos muchos bailes de ese tipo y los fines de semana tocábamos en un café que estaba en Humahuaca y Agüero, era el O’Rondeman. El dueño era Yiyo Traverso y allí muy seguido cantaba Gardel mucho antes que le llegara la fama. A veces lo acompañé con mi bandoneón en algunas piezas criollas, pero me resultaba muy difícil seguirlo, a raíz del fraseo tan particular que ya empleaba, fue por 1910.
«Mi debut fue al lado de mi maestro Juan Maglio cuando actuaba con su cuarteto en el Café Gariboto, de San Luis y Pueyrredón. Lo acompañaban José Bonano «Pepino» (violín), Leopoldo Thompson (piano) y Macchi (flauta). Yo era su reemplazo cuando llegaba tarde. Esto fue por 1913. Maglio era muy mujeriego y si encontraba una que le gustara, desaparecía por dos o tres días. Esto sumado a que perdía en las carreras, fue su perdición. A Thompson lo reemplazó Luis Suárez Tapia. Thompson era también guitarrero y por supuesto uno de los primeros contrabajistas. Al terminar en el Gariboto, Pacho se compró un café en la calle Paraná al que llamó Café Pacho. Quien lo alimentó para ponerlo fue la propia Casa Tagini, su productora, que aportó doce mil pesos. Y Suárez Tapia fue su socio. El resultado fue desastroso, porque la gente iba a escucharlo y dos por tres desaparecía.
«Como compositor empecé en 1914 con el tango “Batacazo”. En 1915 integré un trío con Francisco Canaro y el Negro Ortiz en guitarra. Los parroquianos llamaban a Canaro «la coctelera», por la forma en que se movía al tocar y Ortiz, con el cuello de la camisa tan alto y duro, apenas podía mover la cabeza.
«Poco tiempo después, formé parte de un cuarteto que incluía a Tito Rocatagliatta, Ernesto Ponzio y al pianista Nelson Paulos (su nombre era Niels Jorge Paulos, hermano menor de Peregrino Paulos) Nelson, aunque era casi una criatura, componía con mucha facilidad cosas tan lindas como “El distinguido ciudadano” e “Inspiración”. Como era tan joven no les daba importancia, razón por la cual, eran firmadas por su hermano.» (al respecto hubo opiniones desencontradas entre los investigadores, ya que son obras atribuidas a Peregrino, pero constituyen un dato confiable por venir de quien viene).
«Era un desastre como se emborrachaban, uno más que el otro. Y yo, tranquilo en el medio. Además no había ninguna disciplina. ¿Ponzio?... era un matón. ¿Cómo violinista?... Tocaba muy poco, pero era un audaz. Tito Roccatagliata sí tenía escuela y conocimientos musicales y fue el creador de los pizzicattos. Después, volví a tocar con Tito junto a Juan Carlos Rodríguez, buen pianista y autor del tango “Queja indiana”, como segundo violín estaba Esteban Rovati. Con ellos viajamos a Huinca Renancó (La Pampa) para tocar en una escuela por el 25 de mayo. Nos acompañaba el dúo Ángel Greco-Ignacio Riverol. Fuimos contratados por tres días, pero las borracheras de Tito y sus enredos con las mucamas del hotel, hicieron que a los dos días el representante, conocido como El gaucho Casanave, nos dijera: «La orquesta está muy bien, pero terminan hoy mismo». Nos pagaron igual los tres días y nos mandaron de vuelta.
«Me tocó el servicio militar en la isla Martín García. Finalizado ese capítulo de mi vida, toqué en el Tabarín de la calle Suipacha con la orquesta de Eduardo Arolas. Formaba pareja con él, el pianista era Pascual Cardarópoli quien por entonces, hacía furor con un tango suyo, “La sonámbula”. Luego estaban Rafael Tuegols y Julio De Caro, que era un pibe, en violines. Había un violoncello, El Alemán Fritz.
«Arolas no era un gran técnico, pero tenía garra, era fuerte y ello se manifiesta en su orquesta que era más rítmica que la de Pacho. Más tarde toqué con El Rengo Ernesto Zambonini, violinista, fue en el Café La Morocha. Varias veces toqué con Vicente Greco.
«En 1918, fui a Córdoba, cumpliendo una gira, me acompañaron Humberto Canaro (piano) y los violinistas Rovati y un muchacho de mi barrio de apellido Pizella. Actuamos en un café de camareras Las Delicias, allí conocí a Ciriaco Ortiz de pantalones cortos, quien actuó después en mi orquesta.
«De regreso toqué en el Bar Maipú, ahí estuve dos años junto a cinco músicos franceses, una noche uno de ellos me demostró como tocaban el tango en Francia. A partir de entonces alenté la esperanza de viajar para hacerles conocer el genuino tango criollo. Hasta que una noche caminando por la calle Corrientes me crucé con Pirincho Canaro. Me dijo que por encargo de la empresa Lombart, se hallaba buscando músicos para ir a tocar a Francia, era 1920. Canaro me encargó formar una orquesta. Acepté y al otro día lo fui a buscar al Tano Genaro Espósito. El contrato era para actuar en el Tabarís, de Marsella, durante un año a cincuenta francos por día. Genaro aceptó y luego se lo propuse a los franceses que tocaban conmigo, sólo uno se anotó, Víctor Jachia, era de Marsella, tenía su familia allí y llevaba doce años de ausencia.
«Partimos en el paquebote Garona, el 15 de agosto de 1920. El destino quiso que en medio del viaje Jachia se enfermara y falleciera, su cuerpo fue arrojado al mar».
miércoles, 24 de diciembre de 2014
LA NAVIDAD Y EL TANGO
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En el año 1931, el pianista Fioravanti DI Cicco compuso el tango “NAVIDAD”, que grabó el 13 de mayo Francisco Canaro y su orquesta, con el autor al piano. Éste es uno de los primeros tangos que mencionan en su título la fecha, claro que sin letra.
Varios años después, a finales de los cincuenta, la orquesta Símbolo Osmar Maderna registró con el cantor Adolfo Rivas, “BRINDIS PARA NAVIDAD”, de Julio César y Aquiles Roggero (director del conjunto).
Aprovechando la fecha, el 3 de diciembre de 1958, Juan D’arienzo grabó con su orquesta y el cantor Jorge Valdéz el vals “FELIZ NAVIDAD”, de D’arienzo, Juan Polito y Ernesto Rodríguez. El simple estuvo en la calle a mediados de ese mes, se vendió para las fiestas y luego no tuvo casi difusión.
Florindo Sassone, registró con su orquesta y la voz de Rodolfo Lemos “Feliz noche de amor” de Sassone y Lemos, a principios de los setenta.
El tema más difundido sobre la Navidad es el tango de Osvaldo Pugliese con letra de Eduardo Moreno que lleva simplemente este nombre “NAVIDAD”. Fue grabado para el disco “El Tango se llama Osvaldo Pugliese” de 1966, y lo cantó el popular Jorge Maciel.
Aquí la letra evoca a la familia, a los que no están y habla de la esperanza, colocando además una vidalita en medio del tango “llegó la Navidad al humilde rancho…” dice el protagonista, y después añora “cuánta felicidad, con el amor de mis padres, vendrán muchas navidades, pero aquella ya no vuelve más, en el pasado están las dulces horas alegres…"
LA NAVIDAD EN JULIO
En 1976. el maestro Horacio Ferrer escribió “NAVIDAD EN EL ABASTO”, situando el nacimiento de Aníbal Troilo, el 11 de julio de 1914, como el otro milagro sucedido en el abasto, y así lo cuenta:
“y en la ventana un divino
Gardel de la guarda…reza,
A la calle a la calle, bandoneoncitos, con un tango de cuna, canten bajito…
…y al fin con voz agorera
que estremece a la pared,
varón! dice la partera ,
de zurda el padre golpea la mesa
volcando el vino y el vino bautiza al niño,
vivirá muerto de sed, se morirá
de cariño, renacerá siempre
y será primero y último…Amén.
A la yeca, a la yeca, que cada uno le de un beso a la vieja, nació Pichuco!
El poema, con música de Ciro Pérez, fue grabado en el disco “Horacio Ferrer y su amigos” con acompañamiento de Ciro Pérez, Alfredo Sadi, Beto Quinteros, Tito Sadi y Remberto Narváez y recitado del propio Horacio.
NOCHEBUENA
Casi nunca aparecen letras dedicadas a la nochebuena, o sea el momento del nacimiento del niño Jesús. Curiosamente, en 1944 apareció el disco “EL VALS DE NOCHEBUENA” por Alfredo de Angelis con la voz de Carlos Dante.
Pero lejos de hablar del motivo de la noche, sus autores Néstor Rodi (glosista de la orquesta de De Angelis) y Domingo Loso, ubican al protagonista añorando a su novia perdida y justamente eso ocurre en el momento del brindis y de la alegría, de la Navidad:
“Ternura de mi corazón, en esta noche donde estás,
Retorna mi paloma azul de amor….
Ya brindan gritos de ansiedad campanas música y canción,
Las doce dan y tu no estás, y lloro en esta navidad….”
Gabriel Soria
Letras para recordar:
NAVIDAD (tango)
Letra : Eduardo Moreno / Música: Osvaldo Pugliese
Navidad, en la casa de mis padres
canción de Nochebuena
y escuchando en el patio con malvones
el cuento aquel de la abuela.
Una dulce esperanza en Año Nuevo
reinaba en nuestra casa
y en redor de la mesa tan humilde
estaba de fiesta el alma.
Cuánta felicidad,
con el amor de mis padres,
vendrán muchas Navidades,
pero aquella ya no vuelve más.
En el pasado están
las dulces horas alegres
que recordarán mis hijos
mañana cuando ellos canten en su hogar.
(recitado)
Llegó la Navidad al humilde rancho
y trajo la emoción de viejos días,
de cuando mamá buena les cantaba
y se vivían horas de alegría.
El chango eleva siempre su cabeza
buscando el tata ausente en una estrella.
Si no tuve juguetes que alegraran
los días de la infancia,
mis tristezas tuvieron las caricias
de aquellas lindas mañanas.
Cuando el diario bregar por el sustento
hirió mis tiernas manos
en el rudo trabajo mi esperanza
volcaba su dulce canto.
Feliz Navidad (Vals)
Letra: Ernesto Rodriguez / Música: Juan D’arienzo y Juan Polito
En torno a la mesa
es todo alegría,
se olvida una pena,
se olvida el rencor.
Y en la cabecera,
la abuela dichosa
estrecha amorosa
al nietecito menor.
Dos lágrimas tiemblan
en cada pupila,
refleja su rostro
feliz emoción.
Los nietos rodean
su blanca cabeza,
formando una rueda
de dicha y amor.
Brindemos, hermanos,
brindemos, amigos.
Salud para el Padre,
bendígalo, Dios.
Y para ti, Madre,
un beso profundo
de mi corazón.
Campanas de gloria
echadas al vuelo
repican y dicen
por la inmensidad.
Que hay paz en la tierra
y hay luz en el cielo
repican y dicen
Feliz Navidad!
domingo, 14 de diciembre de 2014
El GRAN
Nació en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.
Fue uno de los jóvenes músicos argentinos que instaló el tango en París, junto a Manuel Pizarro, Eduardo Bianco y Genaro Espósito. Luego hubo otros, pero los pioneros fueron ellos.
De adolescente, muy pronto lo atraparon el bandoneón y la música y, luego de los primeros conocimientos adquiridos, se perfeccionó con Alfredo Bevilacqua, de sólida formación. Pero al mismo tiempo debió trabajar y sus oficios fueron rudos, como que a los trece años ya estaba en la fragua de la Fundición Vasena. Entre sus compañeros en la empresa se hizo amigo de otro amante de la música, Roberto Firpo, seis años mayor que él. Y según relató Enrique Cadícamo, fue Deambroggio quien le presentó a su maestro para estudiar juntos.
En 1914, Firpo debutó con su orquesta y Bachicha fue su bandoneón. Previamente, en 1911 realizaron sus primeras presentaciones casi profesionales. Fueron en el Café Centenario, de la Avenida de Mayo, más conocido por Taka Taka y luego en La Castellana, en la misma avenida. Más tarde ocuparon la escena del Armenonville, del Palais de Glace y diversos cabarets. Solamente ellos dos.
Surgió un primer viaje a Montevideo en 1916 y se sumaron Tito Roccatagliata y Agesilao Ferrazzano. Para algunos estudiosos fue cuando en el Café La Giralda, de 18 de Julio y Andes, estrenó “La Cumparsita”.
Con orquesta propia, por un tiempo, Deambroggio estuvo ligado a algunas representaciones teatrales bajo la denominación de Orquesta Royal’s.
Como ejecutante poseyó un estimable dominio técnico para su época, poseía un sonido fuerte y brillante, digitación fluida y correcta realización del ligado. Estas condiciones se hicieron más notables en sus registros realizados en Europa, por su lógica evolución y experiencia y por mejores condiciones técnicas para las grabaciones.
Con Firpo acompañaron al dúo Gardel-Razzano, con el guitarrero José Ricardo, en una gira por ciudades del interior, para actuar en cines de la empresa Max Glücksmann. Fue en Punta Alta cuando Ricardo los advirtió de un bandoneonista que actuaba en el lugar y llamó su atención. Luego de escucharlo fue integrado y se formó un cuarteto, era Pedro Maffia.
Estuvieron presentes sobre el escenario, en dos representaciones teatrales convertidas en hitos por sendos tangos. Una fue Los Dientes del Perro, en el Teatro Buenos Aires de Cangallo 1053, acompañaron a Manolita Poli cuando cantó “Mi noche triste” y aunque no era un estreno, fue el detonante para su formidable e inacabado éxito. Ocurrió el 16 de abril de 1918.
La otra, fue el 12 de mayo de 1920 en el viejo Teatro Ópera de la calle Corrientes 860. Cuando en el sainete Delikatessen House, de Samuel Linnig y Alberto Weisbach, la actriz María Esther Podestá estrenó “Milonguita”. La orquesta se había agrandado con la presencia de Leopoldo Thompson (contrabajo), Juan Carlos Bazán (clarinete) y Adolfo Muzzi (segundo violín).
También cabe destacar que en la primera versión de “La cumparsita” grabada por Firpo estaban, además del director, Deambroggio, Ferrazzano, Roccatagliata y el flautista Alejandro Michetti.
Se separaron en 1921 y llegó su etapa europea. Primero, con el conjunto Los de la Raza, un grupo de actores y cantantes, donde estaba la cancionista Emilia García Alba, con el acompañamiento de un grupo musical integrado por Horacio Pettorossi, Bachicha, Mario Melfi, Bartolomé Chapella (autor del tango “Fosforerita”) y otros. Recorrieron ciudades de España durante casi un año hasta que decidieron regresar, pero varios siguieron en el viejo mundo.
Deambroggio fue llamado a París por Eduardo Bianco y también incorporó a Pettorossi y a Melfi, que habían tomado lecciones de bandoneón con su compañero, para tener una mayor posibilidad de trabajo. Bianco directamente le ofreció figurar a la cabeza junto a él, nació así la Orquesta Bianco-Bachicha. Actuaron con gran repercusión en las mejores salas parisinas y grabaron para el sello Odeon. Permanecieron juntos hasta 1928. Luego, cada uno siguió su camino. Bachicha-Ferrazzano fue la nueva formación, de efímera vida. Finalmente, armó la Orchestre Argentin Bachicha, presentándose en la capital francesa y en giras por casi toda Europa, parte de África y el Medio Oriente, algo inusual para la época. Registró grabaciones en la mayoría de los países, siempre para Odeon, pero también con otros sellos: Cristal, Riviera, Typic.
En los años 50, regresó fugazmente a nuestro país pero regresó a París donde falleció. En 1963, dejó viuda a la que fuera su cancionista, Emilia García. Hubo varios hijos y uno de ellos, Tito, que era pianista, se hizo cargo del conjunto, aunque la época ya no era la misma.
A lo largo de su carrera tuvo varios vocalistas, improvisados la mayoría de ellos. En las grabaciones han intervenido Juan Raggi, Pettorossi, Melfi, Bianco, César Alberú, él mismo y su esposa Emilia. Fue compositor de más de una treintena de temas, aunque el único de gran repercusión, según dichos de Cadícamo, fue realizado por Pettorossi que lo obligó a aceptarlo como pago por un préstamo, se trata de "Bandoneón arrabalero". Agregó Cadícamo, que Pettorossi acostumbraba cuando estaba necesitado a tomar esas actitudes.
viernes, 12 de diciembre de 2014
EL TIO DE RINGO
Antonio Bonavena fue un excelente bandoneonista, que amaba su instrumento y se dedicó también a su enseñanza.
Nació en San Constantino de Briático, Italia, en la provincia de Catania, región de Calabria. Llegó con su familia a la Argentina a la edad de 11 años y siendo adolescente comenzó a estudiar el bandoneón.
Su hermano Vicente fue el padre del famoso campeón argentino de peso pesado Oscar Bonavena (Ringo).
Comenzó su tarea profesional en 1925, en la recién inaugurada Radio Prieto, acompañando a los cantores y cancionistas del elenco de la emisora.
Al mismo tiempo integraba diversos conjuntos, hasta que formó su orquesta en 1926. Con ella actuaba en Radio Argentina y también en la emisora La Voz del Aire.
Dos años más tarde se vincula al sello Electra registrando, entre 1928 y 1929, 16 temas con un conjunto denominado Trío Regional, que interpretaba un repertorio de rancheras, foxtrots, valses y un solo tango, "Nicanora".
En 1928, registra con su orquesta cinco temas (ningún tango) acompañando al cantor solista Carlos Viván (dos temas) y a la cancionista Mary White (3 temas).
En 1930 cambia de sello grabador pasando a Columbia. En él, entre 1930 y 1932, graba con su orquesta 72 temas.
En estas grabaciones integraban su orquesta los bandoneonistas Federico Scorticati, Gabriel Clausi y Vicente Sipulla; los violinistas Octavio Scaglione, José Fiocco, Antonio Buglione y Ángel Milito; el piano de José Tinelli y el contrabajista Francisco De Lorenzo. Como estribillistas actuaban Antonio Rodríguez Lesende, Antonio Buglione y Jorge Omar. En algunas ocasiones participaron también, Joaquín Mauricio Mora y Alberto Cima, en bandoneones, los violinistas Antonio Rodio y Cayetano Puglisi y los pianistas Eduardo Scalise y Oreste Cúfaro.
Entre 1932 y 1934, fue contratado para actuar amenizando las veladas del Casino de la ciudad de Mar del Plata.
De regreso a Buenos Aires desarrolló una larga labor en los tradicionales cafés de la calle Corrientes, en los bares nocturnos y cabarets, como Chantecler o Casanova. En uno de ellos, el Petit Salón, durante el año 1938 debutó en su orquesta un nuevo y joven cantor, Roberto Rufino de sólo 16 años.
Por esos años también actuaron en su orquesta el pianista Manuel Sucher, luego el joven José Basso y los cantores Luis Mendoza y Roberto Flores (Chato).
Como compositor produjo "Pájaro ciego", junto a Lito Bayardo, y los tangos: "Arlette" (letra de Horacio Sanguinetti), "Color de cielo", "Organito del suburbio" y "Tus cartas" (todos con letra propia), "El gavilán", "Mala racha", "Pordiosera", "Seguí nomás hermano", "Sigan tomando muchachos" (con Rodolfo Scafidi) y "Virgencita de Luján".
Los valses: "Cariño que mata", "Lirio blanco", "Llanto de madre", "Martirios del alma" y "Una esperanza". Los foxtrots: "Francesita" y "Amor de oriente"; los shimmys: "Japonesita" y "Se va el tren"; las rancheras: "Metele que son pasteles", "La polca de espiante" y las milongas: "El barrio del tambor" y "Pueblera".
Con esta breve semblanza Todo Tango quiere rescatar un excelente músico, injustamente olvidado.
lunes, 8 de diciembre de 2014
EL FLACO TITO
Nombre real: Cabano Bello, Tito
Poeta, compositor, cantor, escenógrafo y actor
(4 diciembre 1918 - 22 abril 1988)
Las personas que lo conocieron son coincidentes en su descripción. Flaco, alto y un poco desgarbado, con su gorra con visera y su manera de relacionarse, siempre amena, participaba en las charlas, especialmente relacionadas al tango, o se recluía al fondo del bar a escribir versos en las servilletas. Alguna vez confesó, que gran parte de su obra la escribió en los diversos cafés que frecuentaba.
Nació en Montevideo, República Oriental del Uruguay, en el pintoresco barrio Guruyú de la Ciudad Vieja. Incansable consumidor de cafés y cortados, fue un fumador impenitente pero con la peculiaridad de no beber alcohol, aunque no era abstemio.
Si bien el tango, fue el motivo de mayor inspiración para sus versos, tenía otras pasiones, entre ellas, el carnaval y todo su contexto creativo. Participó en murgas y fue un seguidor del mítico Coro de la Aduana, que era el nombre de un grupo que se armaba para esas fechas y que competía con otras formaciones, como el caso de Las Ninfas de las Bóvedas (murga femenina) o Nos Obligan a Salir, verdaderos íconos carnavaleros del barrio de la Aduana.
Realizó, además, escenografías y escribió guiones para los espectáculos callejeros de Los Saltimbanquis, Los Crema y Los Chevaliers, otras históricas agrupaciones del carnaval de Montevideo.
Su obra más difundida y, sin duda, la más importante como autor, es el tango “Un boliche”, del cual hay dos versiones de antología, la de Aníbal Troilo con Roberto Goyeneche (1958) y la de Ángel Vargas con su orquesta, dirigida por Luis Stazo (1959). Curiosamente, el cantor Carlos Acuña, que compuso la música, recién lo grabó en 1983, con acompañamiento de guitarras. De esa época, es también, el muy buen registro de Josefina para el sello CBS Columbia.
La letra de Cabano es una pintura costumbrista de increíble realismo adornado con bellas metáforas, que comienza:
Un boliche como tantos,
una mesa como hay muchas,
un borracho que serrucha
su sueño de copetín.
El tema ofrece una descripción del café muy emotiva, pero el final de la segunda parte, es de una ternura conmovedora, narrada casi, como un guión cinematográfico:
Y así,
entre naipes, curda y canto
de esta escena cotidiana,
se oye la voz de una nena:
¡Papá, vamos que mamá te llama!...
El periodista y gran comunicador del diario La República y de diversas radios de Montevideo, Luis Grene —fallecido en enero de 2011 a los 93 años—, hizo una muy rica narración de la personalidad del poeta en la cual, al mismo tiempo, lo va transportando y ubicando, como por un túnel invisible, por cada uno de los lugares habituales de su recorrido nocturno:
«Su sensibilidad para retratar, en pocos versos, el alma de los barrios y sus vecinos, le nacía espontáneamente. De golpe, se apartaba de todos y, acomodándose su gorrita de visera, lo veíamos solitario en una mesita del fondo del bar. Fue una constante presencia en el bar y almacén El Hacha, también en el Libertad, de la Plaza Cagancha.
«Meta escribir servilletas y papelitos. Podía estar en el antiguo Caballero, el de las interminables madrugadas con gente de ambiente. O, muy cerquita, en el viejo Vaccaro, siempre con personas vinculadas al ritmo canyengue. Si la cosa pintaba temprano en la noche, allí estaba Tito Cabano con el amigazo Miguel Ángel Manzi, en la cantina de don Roque Santucci, por José L. Terra y Blandengues.»
En otra de sus crónicas, Grene continúa con la historia, profundizando el perfil del poeta.
«Sus pasos lo llevaron a conocer íntimamente la Aduana y en toda la zona de El Bajo fue muy respetado. Por el Mercado del Puerto, lo veíamos en el pequeño bar de Carlitos, donde era el único que tomaba un cafecito mientras los demás le daban a la cerveza de barril y a los tradicionales chorizos al vino blanco.
«Cuando entraba en el boliche El Globo de Yacaré y la rambla, los bagayeros y los estibadores decían: “¡Salú Tito!” y se sentaba solo en una mesa del fondo a escribir sus poemas.
«Trabajó de mozo en el antiquísimo cafetín de Ibicuy y Durazno. Cuenta la leyenda que fue en ese sitio donde se inspiró para hacer la letra de su tango más famoso, titulado “Un boliche”.
«Las pocas veces que se lo veía de día, lo encontraban en la esquina de Sierra y Miguelete, principalmente los domingos después de la feria de Tristán Narvaja.
«También tuvo una barra de amigos en un bar de Sierra y Paysandú donde se encontraba con el carnavalero “Chiquito” Roselló, que vivía en el conventillo más famoso del Cordón.
«Ya siendo más veterano se volvió muy callado y continuó con su nocturna bohemia pero como una persona introvertida. Lo que nunca cambió fue su calidez para la camaradería de los estaños y las mesas donde hizo un culto de la amistad.
«Como un ser romántico y melancólico comenzó a frecuentar muy seguido el barrio Goes. Ahí lo esperaba “El Gordo” Alonso en su pintoresco almacén y bar de General Flores y Vilardebó. Sentado en una mesita y rodeado de bolsas de alpiste y maíz, el Tito tomaba un cortado y escribía bellos versos.
«Los taximetristas de las madrugadas del bar El Faro sabían que ese flaco de gorrita era el conocido Tito Cabano. No les extrañaba cuando los artistas que actuaban en la cercana parrillada Sud América lo saludaban con gran afecto.»
Después de esta excelente narración que nos muestra de cuerpo entero la personalidad de Tito Cabano ¿qué más podemos agregar? Solamente una breve mención de sus obras más conocidas.
Como autor, además de “Un boliche”: “Cada día canta más”, con música de Alberto Castillo (con el seudónimo Riobal), llevado al disco por su compositor con su propia orquesta dirigida por Ángel Condercuri (1960). Como autor y compositor: “De recalada”, grabado por el Trío Oldimar Cáceres con la voz de Ramón Rivadavia; “Mi Peñarol”, registro de Eduardo Falcón acompañado por la orquesta de Edelmiro “Toto” D’Amario y “Cuarto cualquiera”, del que no tengo grabaciones. Como compositor: la bella página “En la madrugada”, con letra de Federico Silva, que tiene varias versiones, entre ellas, la más difundida es la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico (1961), también, la de Juan D’Arienzo con Horacio Palma (1961) y la de Inés Miguens —Galleta— con orquesta, y “Los rascas”, con letra de Luis Caruso, grabado por Alberto Castillo con su orquesta dirigida por Condercuri (1960).
Asimismo, están registradas en AGADU (Asociación General de Autores de Urugay), como autor y compositor: “Pincelada del puerto”, “Por qué tendré este corazón”, “Quién sino su amor”, “Ven a bailar”, “Después del amor”, “Concierto de tamboriles”, “Despertar”, “Misiadura”; en el mismo carácter pero en colaboración en la música con Oldimar Cáceres “Despertar”; con Ever Escobar en “Donde está tu ayer”; con Carlos Benvenuto en “Gotán”; en colaboración en letra y música, con Carlos Morín en “Pensamiento”; con Adamar Ottonello en “Engranado”; con Roberto García en “Esta vuelta me paro”; sólo como autor: “Esta noche es para tangos” con música de Edgardo Pedroza; “Acalla tu voz”, con música de Edelmiro D’Amario, entre otras.
Un auténtico poeta con todas las letras, Tito Cabano no tiene el reconocimiento que merece y hoy, recordando mis paseos por la Ciudad Vieja —allá a principios de los años 70—, buscando un refugio donde escuchar tangos —ya que en la Argentina el género estaba casi ausente—, me vino al recuerdo este creador tan humilde como talentoso.
domingo, 30 de noviembre de 2014
EL TANO ORIENTAL
Donato Racciatti(1918-2000)
Hijo de emigrantes italianos, nació en Guilmi, provincia de Chieti (Italia) en la región del Abbruzzo el 18 de octubre de 1918. Cinco meses después su familia se trasladó a Montevideo estableciéndose en el barrio de Aires Puros donde transcurrió su infancia. Desde su niñez se sintió atraído por los ritmos de la música popular vigente en su época: el tango, la milonga y el vals ciudadano.Luego de su etapa escolar en la Escuela Bélgica ingresó en la Escuela Industrial como aprendiz en Herrería Artística.
Conciente de su vocación musical su padre le regaló un bandoneón AA (doble A) a los 17 años, instrumento que lo definiría como intérprete y con el que obtuvo sus primeros éxitos como solista en la radio en el año 1938, en la orquestas típicas "Los brujos" y "Los zorros grises". A partir de este momento se consagró de forma definitiva a la música y realizó estudios de solfeo, armonía y composición.
Posteriormente ingresó a la fila de bandoneones de la orquesta de que lo acompañaba en sus presentaciones logrando así su debut como director en 1945 que lo lletango de Laurenz-Casella en 1940.
El cantante Luis Alberto Fleitas lo invitó a dirigir la agrupacion musical varon a realizar sus primeros registros en disco.
En 1948 formó su propia orquesta realizando actuaciones exitosas en el Hotel Nogaró de Punta del Este, Radio Universal y Radio Sarandí. Con esta agrupación grabó el tango "¿Conocen estos compases?" con música de Horacio Márquez y versos de Carlos Morin y el candombe "El pregón del negrito" de su autoría en colaboración con Enrique Liste y con letra de Enrique Soriano.
Mientras realizaba actuaciones en el interior del país y en Montevideo comenzó a relacionarse con el teatro asociándose con el actor Juan Casanovas y el libretista Mario Rivero para crear la Compañía Casanovas-Racciatti-Rivero y producir comedias musicales, un género que estaba en boga y que era muy bien recibido por el público montevideano. Las funciones de las comedias "Muchachos que peinan canas" y "Lindo tiempo aquel de ayer" se representaban a sala llena y con gran éxito de taquilla tenían lugar en los teatros montevideanos, hoy desaparecidos, Artigas y 18 de julio. También hubieron actuaciones en el Palacio Peñarol y en el Estadio Centenario con la comedia "Barrio, luna y tamboril".
En 1950 Racciatti y su orquesta firmaron contrato para audiciones en la Radio Carve que se prolongó con éxito sostenido gasta 1972. De aquella época surgió el dicho popular: "Cuando toca Racciatti en la Carve se para el país".
La orquesta de Racciatti promovía el tango bailable y popular consiguiendo un marcado auge entre los años 1953 y 1960, época en la que participaron como cantantes Nina Miranda y Olga Delgrossi. Sin embargo numerosos vocalistas argentinos y uruguayos integraron esta orquesta de éxito singular y proyección internacional: Enrique Liste, Alfredo Cabral, Víctor Ruiz,Elsa del Campo, luan Carlos Godoy. Miguel Ángel Maidana y el gran cantante uruguayo Carlos Roldán entre muchos otros.
Las radios argentinas también le brindaron su cálido recibimiento así como los canales de televisión 7 y 11. Realizó numerosas giras por el interior de Argentina, compartió escenario con las orquestas de Troilo y Carlos di Sarli y en 1974 participó en la Apertura del Mundial de fútbol de Alemania.
La gran preferencia nipona por el tango llevó a Racciatti y su orquesta a viajar durante catorce años consecutivos (1983-1997) a Japón para realizar 120 conciertos de tango en el período de seis meses en diferentes ciudades.
Como compositor desarrolló un estilo sencillo, sin alardes melódicos ni complicadas armonías, cercano al gusto y la receptividad popular. En sus tangos la melodía se presenta diáfana, fluída en un soporte rítmico acentuado y simple en su estructura. De su vasta producción que comprende tangos, milongas y candombes merecen destacarse:"Tú corazón", "Hasta siempre amor", "Vencida", "Morocho y cantor", "Sin estrellas", "Limosna de amor", Murga de pibes", "Por la misma senda", "Los adioses", "Muchachos que peinan canas", entre los más conocidos. A su vez grabó más de 600 temas entre los que se incluyen creaciones propias y de compositores argentinos y uruguayos.
Reconocido públicamente como símbolo representativo del tango en diferentes homenajes, Racciatti falleció en Montevideo a los 81 años de edad el 27 de mayo del año 2000. En sesión ordinaria del 28 de mayo del mismo año la Junta Departamental de Montevideo le rindió homenaje póstumo a este gran músico que "a soplo de bandoneón" escribió más de medio siglo de la historia del tango rioplatense.
sábado, 29 de noviembre de 2014
VIEJO BALDÍO
Música Roberto Grela Letra Víctor Lamanna
Baldío de barrio... un cacho de vida
perdido a lo lejos allá en mi arrabal,
bordeado de casas humildes y viejas,
esquina, laguna y aquel saucedal.
Baldío de barrio, retazo de infancia,
purretes traviesos soñando volar,
mil juegos de antaño, mil sueños lejanos,
camino del tiempo, ¿qué calle andarán?
Recuerdo de aquel barrio que ribeteó la luna,
testigo nacarado tendido en el fangal
y el viejo farolito con su luz trasnochada
entremezcló romances de sedas y percal.
Como en tu calesita que desgranaba tangos,
mi suerte fue sortija que siempre se negó
y del rodar fulero por calles de la vida,
hoy traigo a mi regreso cachuso el corazón.
Baldío de barrio, me llueve en los ojos
y el alma vacía se aprieta en dolor,
envuelta en el humo de las horas viejas
que trae el encanto de la evocación.
Baldío de barrio, amigos primeros.
¿Qué rumbo la vida nos quiso marcar?
Se pierden los gritos, las caras borrosas,
qué solo me encuentro, qué extraño que estás.
sábado, 22 de noviembre de 2014
PATERNAL TANGO
Paternal vieja barriada de mis años de purrete,
cuantas veces de mocoso, junto a tu arroyo soñé
con llegar a ser un día, algún crack de nuestras canchas
o tener la enorme dicha de cantar como Gardel.
Ya no están tus viejas calles, cubiertas de barro y sueño
hoy la cara te han lavado y el asfalto de pintó,
y no encuentro como entonces a la linda muchachita,
que en la esquina de venacio, tantas veces me esperó.
Coladas inolvidables en aquel viejo "tarico"
fue tu timbre la chicharra de avenida San Martin.
Picados de tantas tardes, guerrillas de barrio a barrio,
y el perfume de malvones de la casa en que nací;
Desfile de nuestro tango en el café del olimpo
donde el fuelle me marcara, que camino iba a seguir
Paternal de mis amores vos fuiste como mi vieja,
que compartiste mis quejas y me enseñaste a vivir.
(recitado)
Ya no están tus viejas calles cubiertas de barro y sueño
hoy la cara te han lavado y el asfalto te pintó
y no en cuentro como entonces a la linda muchachita,
que en la esquina de venancio tantas veces me esperó.
(continua cantado)
La vereda del oeste, el café que fue testigo
del desfile entre piropos de pebetas flor y flor,
carnavales candomberos, donde junto a mis amigos
una veces fui murguista y otras veces payador.
Esta noche que ando en copas, tengo ganas de decirte
que te quiero con el alma, mi querido "paternal",
paternal de mis amores, vos fuiste como mi vieja,
que compartiste mi queja y me enseñaste a vivir.
domingo, 16 de noviembre de 2014
BARES Y CAFÉS DEL TANGO
Es en 1912 cuando Vicente Greco propone la designación de orquesta típica (criolla), que utiliza en 1917, Francisco Canaro. Alrededor de 1914, Roberto Firpo organiza el primer conjunto tipico. Corresponde destacar numerosos locales tangueros situados en nueve cuadras de la saudosa Corrientes angosta, de Esmeralda a Rodriguez Peña, en los años del avance cte El Tango hacia El Centro y El Bajo desde El Estribo, El Trianón y La Paloma.
No se puede obviar la mención de locales no tangueros que existen en esas cuadras, que no pueden (o no desean) aceptar orquestas típicas. Asimismo conviene incluir algunos ubicados hasta Paseo de julio y de Lavalle a Sarmiento. Un conjunto de Locales tangueros y no tangueros que incluyen: Cafés, Restaurantes, Confiterias, Almacén (y Bar) y otros en los que se cumple el ritual de "vamos a tomar un cafecito y charlar con amigos". El aceptar no implica pedirlo.
A los musicales concurren barras de (y) tangófilos que escuchan conjuntos de disimil categoría o los discos que "pasa" la vitrolera.
A los no musicales concurren intelectuales que se integran en recordadas peñas... y "chantas que simulan serlo y declaman".
Algunos reciben clientes que "Únicamente" desean saborear su cafecito... sin necesidades musicales o literarias. Si están con amigos comentan con voz estentórea, de jueves a sábado, la "fija" en las carreras, el 3 a 0 de su cuadro y hasta citas. Comentan en voz baja, de lunes a miércoles, por que "no se les dio".
En su ámbito se presentan interesantes anécdotas.
Se lamentan las omisiones... pero no es posible incluirlos a todos.
La palabra saudosa (adj. de saudades, de origen gallego, que figura en el diccionario) es más relevante qtje nostálgica, recordada, etc. para expresar lo que, actualmente, sienten aquellas personas que cuando "estrenaron los largos y con la libreta asomando del bolsillo, por las dudas" (como indica el profesor Diego A. del Pino), pero en esa ocasión guardada en un bolsillo interior, asimismo "por las dudas", conocieron la noche de la calle Corrientes, que se integra en "La noche de Buenos Aires", magníficamente descripta por Ulyses Petit de Murat en su libro homónimo.
En nuestro texto figuran como presentes, aquellos que la "vivieron" nunca la olvidarán.
agrandar
Alberto Vacarezza, por esos años, escribió un tango en el que se encuentran estos versos:
"Calle Corrientes de mis amores.
Calle Corrientes donde naci
y entre las luces de mil colores
aquella noche la conocí".
En esas cuadras se encuentran las dos esquinas del hombre que está solo y espera.
¡A quien espera v por cuánto tiempo! En ambas insatisfecho e lnmaduro.
La primera esquina, la del sudeste con Esmeralda, es la que bautizó Raúl Scalabrini Ortiz, es la de los Pitucos.
Es la del Café Cabildo, a la que el "negro" Celedonio Flores le dedicó, en "Corrientes y Esmeralda", estos versos:
"Esquina Porteña. Este Milonguero
te ofrece su afecto más hondo y cordial.
Cuando con la vida esté cero a cero.
T'e prometo el verso más rante y canero
Para ser tango que te haga ínmortal."
La segunda esquina, la del sudoeste con Paraná, es la que de acuerdo con Arturo Jauretche, es la del reaje. (Opinión que le fue transmitida a Jorge A. Bossio y que éste reproduce en su Libro "Los Cafés" , pág. 223).
Las esquinas con Esmeralda, también son las de la Confitería del Buen Gusto, en el sudoeste. Elegante lugat, asistenfamilias a la hora del té v caballeros en la del Vermuth.
Café Guaraní, en el noroeste. En su local, Carlos Gardel (que actúa en el Teatro Esmeralda, luego Maipo), siempre dispone de una mesita que comparte con José Razzano y Egidio Nacari.
Empire Theatre (luego Ateneo), en el noreste. Música Española.
Estos locales hasta San Martin representan hitos en el recuerdo.
Palace Theatre, en el 757. Cine, el mejor de 1911 a 1926.
Bar de Rosendo, en el noreste con Maipú, reúne a periodistas de revistas. Allí, José Álvarez (Fray Mocho) gestú "Caras y Caretas".
Bar Suárez, en el sudoeste con Maipú. Aún se encuentra.
Café de Gerard (el Bar Inglés), en el noreste con Florida. Musical y politizado, con la presencia de periodistas y políticos.
Almacén de Coppini, en el noreste con San Martin donde suele almorzar el Gral. Mitre y reunirse con correligionarios.
La Helvética, en el sudoeste con San Martin. Su salón alargado, con el estaño en un rincón. Asisten periodistas, intelectuales, escritores, políticos, etc.: Bartolomé Mitre; Joaquín de Vedia; el emir Emin Arslan; Roberto Payró; Emilio Becher; Héctor Pedro Blomberg; Eduardo Mallea. Se conocieron los directores Clemente Onelli (del Zoológico) y Antonio Malvagni (del Colón).
Dejó de atender en 1958, más que centenario. No fue olvidado.
Se llega a 25 de Mayo: El Bajo: otro ambiente y otra historia.
Las cuadras al norte son las que han contribuido a (¡merecida!) fama. Incluyen los Teatros Roma y Cosmopolita y otras salas (no son recordables) con sus "desplumaderos" (cafetines) anexos y los cafés-concierto. Luego: Paseo de Julio (Leandro N. Alem) y su Recova que tiene, según Bossio, un "olor oriental especial". El Re dei Vini recibe conocidos noctámbulos.
Las del sur disimulan algún cafetín entre locales instalados en la zona financiera. Se recuerdan La Bolsa y el Bar Salisbury.
Café Casino, en Maipú 350, en el primer piso del Teatro Casino. Local cuyas características son similares a las de todos los que se encuentran incluidos (o son anexos) en numerosos, teatros.
Su categoría depende de la del teatro, desde la lujosa confitería instalada en las galerías del Teatro Ópera hasta los cafetines anexos a los teatros de El Bajo.
Algunos en los intervalos y al finalizar la función hacen interpretar o pasar música popular como una manera de atraer y retener a los espectadores. En otros, como el Casino, es habitual la presencia de damas que fraternizan con los clientes... los maledicentes presumen que no es para comenzar el espectáculo.
El recorrido se presenta en el sentido histórico hacía la Chacarita. Si bien se sugiere que debe ser en el del avance del tango en su tentativa de conquistar El Centro.
En realidad sólo conquistó la Corrientes angosta y susaledaños y se instaló en El Bajo. La Avenida de Mayo sigue españolísima: con un solo café tanguero.
Café Mogyana, en el sudeste con Suipacha. Enrique García Velloso lo considera "la peña bohemia por excelencia, con su ambiente parisiense". En éste y en el Doria, Florencio Sánchez escribe la mayoría de sus obras al dorso de formularios de telegramas "facilitados" por el correo.
Cruzando Suipacha, en el 925, el Café de los hermanos Domínguez; el año 1917 lo trasladan al 1537. El local lo ocupa el Café Los 36 (Billares) con Pedro Laurenz y Alfredo Gobbi.
Café El Quijote, en el 955, con su inconfundible aspecto de "taberna madrileña" (que incluye el olor a cocido), como lo calificó Vicente Martínez Cuiriño. Actuó un trio con Francini.
Siguiendo hacia C. Pellegrini, se sitúan en la vereda par, Café de los Inmortales, en el 920. Con su peña de 1905 a 1916.
Café Paulista, contiguo al teatro Nacional, reúne a su farándula.
Café El Nacional, en el 980. Hasta 1916 como Café Lloveras.
Café Germinal, en el 942. Su importancia en la difusión del tango aún no está bien determinada. Alli debutó Aníbal Troilo.
Un saludo a la Confiteria Ideal y sus reuniones vespertinas.
En el noroeste de Esmeralda y Sarmiento el Almacén de Piaggio y las inolvidables charlas de don Santiago Belisario Roldán, que en ocasiones continúan en el Petit Salón, situado enfrente. El Petit y El Julién, en Esmeralda y Lavalle, "bacanes".
De los locales de los alrededores, diversos son tradlclonales los del sur: la cortada Carabelas es: El tajo malevo en El Centro, con sus fondas "sobre" el Mercado del Plata; en el Nasun, Doria y Benjamín "comen bien y escuchan organitos", puesteros y noctámbulos. Excelente el puchero de La Croce di Malta que ayuda a subsistir famélicos inmortales. En el Café San Bernardo, su dueño, don Modesto (Martínez) recibe bohemios y cogotudos.
El lujoso Restaurante Americano, luego como Restaurante (El) Conté atrae a clientes (pese a sus precios) por su fa mosa cocina y calificadas or questas. Se encuentra en Perón 966.
En el 920 el Restaurante Chiquín, el de la farándula.
Al norte: en Lavalle y Suipacha: Café Botafogo y Julio De Caro.
Un saltido a los Richmond, son tres y distintos: FIorida 450, clases media y alta. Sede del "Grupo de Florida".
Esmeralda 444, estudiantes y extras de cine, quienes la siguen en Sulpacha 450, billar y bolos. Actuación de la jazz de Armani.

Es injusta la respuesta de no se recuerda cuando se consulta sobre otros cafés de los alrededores. No muy numerosos, en varios se gestaron y son sede de barras de amigos, y su única pretensión es seguir siéndolo. Otros sí colaboran con el conocimiento del tango ya que reciben a músicos y conjuntos, improvisados, que "van a matar el hambre". También injusto, alli se inician y se dan a conocer músicos luego calificados.
Existe similitud con lo que representan y son los cafés barriales.
Un recuerdo a la vitrolera (victrolera) que "pasa" los discos desde su palquito, donde reina inalcanzable (¿o no?).
Antonio Requeni menciona (otro) Marzotto, en Lavalle entre Malpú y Esmeralda, una suerte de "Bolsa de trabajo" que reúne a músicos no ocupados que esperan que lleguen empresarios y músicos no ocupados que esperan que regresen sus amigas.
La esquina del Almacén El Verde, es la del sudoeste con Cerrito, donde actuaron Juan Maglio "Pacho" y Agustin Berto.
Vendido, sus ex dueños compran el local del Lleveras, y con los compases de "La Morocha" inauguran el Café El Nacional, el que siempre se recuerda como Catedral del Tango.
Es un salón alargado, paredes color café, el palquito, pequeño, en el centro. Se consideran sus mejores años los de 1920 a 1932 con el sexteto de Anselmo Aieta y su bandoneón.
Luego Juan D'Arienzo y su orquesta (Rodolfo Biaggi al piano).
Se dejó de ver en diciembre de 1952; sigue su espiritu.
De acuerdo a Ariel Magallanes ("Todo es Historia" 41), con su desaparición "se puso el epitafio en la historia del tango".
Con el Café La Oración, en el 1000, frente a la Iglesia de San Nicolás, tanguero, y El Seminario, en Perón y C. Pellegrini, que reúne a integrantes de tres teatros vecinos y de la Sociedad de Autores, se recuerdan a todos los que se eliminan, incluye cinco teatros e instituciones, para abrir la Avenida 9 de Julio.

Es injusta la respuesta de no se recuerda cuando se consulta sobre otros cafés de los alrededores. No muy numerosos, en varios se gestaron y son sede de barras de amigos, y su única pretensión es seguir siéndolo. Otros sí colaboran con el conocimiento del tango ya que reciben a músicos y conjuntos, improvisados, que "van a matar el hambre". También injusto, alli se inician y se dan a conocer músicos luego calificados.
Existe similitud con lo que representan y son los cafés barriales.
Un recuerdo a la vitrolera (victrolera) que "pasa" los discos desde su palquito, donde reina inalcanzable (¿o no?).
Antonio Requeni menciona (otro) Marzotto, en Lavalle entre Malpú y Esmeralda, una suerte de "Bolsa de trabajo" que reúne a músicos no ocupados que esperan que lleguen empresarios y músicos no ocupados que esperan que regresen sus amigas.
La esquina del Almacén El Verde, es la del sudoeste con Cerrito, donde actuaron Juan Maglio "Pacho" y Agustin Berto.
Vendido, sus ex dueños compran el local del Lleveras, y con los compases de "La Morocha" inauguran el Café El Nacional, el que siempre se recuerda como Catedral del Tango.
Es un salón alargado, paredes color café, el palquito, pequeño, en el centro. Se consideran sus mejores años los de 1920 a 1932 con el sexteto de Anselmo Aieta y su bandoneón.
Luego Juan D'Arienzo y su orquesta (Rodolfo Biaggi al piano).
Se dejó de ver en diciembre de 1952; sigue su espiritu.
De acuerdo a Ariel Magallanes ("Todo es Historia" 41), con su desaparición "se puso el epitafio en la historia del tango".
Con el Café La Oración, en el 1000, frente a la Iglesia de San Nicolás, tanguero, y El Seminario, en Perón y C. Pellegrini, que reúne a integrantes de tres teatros vecinos y de la Sociedad de Autores, se recuerdan a todos los que se eliminan, incluye cinco teatros e instituciones, para abrir la Avenida 9 de Julio.
martes, 11 de noviembre de 2014
EL MALEVO MUÑOZ
arlos Muñoz del Solar, más conocido como Carlos de la Púa o simplemente como el Malevo Muñoz, nació en La Plata en 1898 y falleció en Buenos Aires el 5 de mayo de 1950 (*). Comenzó sus trabajos como escritor colaborando en la revista "El Hogar", luego en 1925 se incorporaba a diario Vespertino "Crítica" de Natalio Botana. Publicó un único libro: La crencha engrasada (1928), considerado la obra máxima de la lunfardía. Fue guionista de Tango (1933), una de las primeras películas sonoras del cine argentino, y dirigió otras dos: Galería de esperanzas (1934) e Internado (1935).
A medida que pasan los años se acrecienta el renombre de Carlos de la Púa, auténtico, puro, poeta popular porteño. En sus versos deberán ir a abrevar los historiadores, los filólogos, los rastreadores de la semántica, cuando se haga el gran libro que compendie la fisonomía sentimental y sicológica de Buenos Aires, ciudad que pareciéndose a todas las grandes ciudades del mundo no es parecida sino a ella misma, en su pasado y en su presente. Ciudad única que tiene sus cantores únicos en los letristas de tango que impusieron un modo distinto de hablar, dentro del español, y al que Jorge Luis Borges, con real coraje porteño, osó llaman el idioma de los argentinos. El principal poeta popular -es decir: con lenguaje popular en su entero vuelco emocional hacia la gran ciudad, en sus expresiones de un pasado que nunca será remoto- fue indudablemente Carlos de la Púa. Y lo fue con su único libro: La crencha engrasada.
Su lenguaje es a veces crudo pero nunca ofensivo. Es el lenguaje de la calle, del malecón, de la cancha de fútbol. Creo que, en realidad, es el lenguaje de la vida tumultuosa, verídica, exacta, cabal, que se vive, se siente y se sufre. A través de mis recuerdos, de la amistad que nos unió y de la admiración que sobrevive, éste es Carlos de la Púa.
Me parece verlo todavía, cruzando con enfundado paso de cachalote los corredores del viejo diario Crítica, en la casa de la calle Sarmiento, donde iniciaba en el periodismo una generación especial en su brillo y trascendencia y que recalaba de la literatura de vanguardia aglutinada en las revistas de esa época: Proa y Martín Fierro. El Malevo Muñoz, como también se lo llamaba, ya estaba en la casa cuando nos hacíamos periodistas, siendo poetas y escritores, entre otros, Enrique y Raúl González Tuñón, Horacio Rega Molina, Pablo Rojas Paz, Alberto Pineta, Roberto Arlt, Ulyses Petit de Murat, Sixto Pondal Ríos, Santiago Ganduglia y el que esto escribe.
Su verdadero nombre, eclipsado por ese rotundo Malevo Muñoz que seguramente venía de su manera de Ser, entre desdeñosa y disciplente, en su modo de hablar lacónicamente porteño, era Carlos Muñoz del Solar, y la resonancia de este apellido habla de una cuna que él podría denominar bacana y lo era. Una bohemia sanguínea lo llevó a la calle en edad temprana y allí debe haber recibido el agua lustral de su nuevo bautizo, agua detenida junto a la vereda en aquellos años de después del Centenario.
También se lo llamaba indistintamente Carlos de la púa, seudónimo con el que firmó su libro. Este nombre alarga, a la vez que condensa, otro aspecto porteño de Muñoz, porque "púa" es la aguda punta del acero, el pincho, el suncho que aguza o el ingenio o el coraje en el habla popular.
De la Púa básico
Nació el 14 de enero de 1898. Conocido también como Carlos Raúl Muñoz y Pérez, Carlos Muñoz del Solar, o simplemente el Malevo Muñoz, poeta, periodista y cineasta, porteño convicto y confeso, gran animador de las redacciones y la bohemia noctámbula de Buenos Aires, nunca se sabrá si las reminiscencias bacanas de su apellido Del Solar tenían algo que ver con la verdad o se trataba de otra de sus cachadas. Redactor del diario Crítica, compañero de andanzas periodísticas, literarias y etílicas de Troilo, Cadícamo, los hermanos Tuñón, Arlt y Olivari, fue guionista del film "Tango", actor en "Galería de esperanza" y director de "Internado". Escribió los tangos "Luces de París" y "Coraje y fuego" y publicó "La crencha engrasada", obra emblemática de la poesía lunfarda. Murió el 5 de mayo de 1950.
Alguien -Carlos de la Púa fue siempre pudoroso de su pasado y no lo notició- dijo que él, con una gorda culebra variopintada a modo de bufanda sobre el cuello, pregonaba las excelencias de su grasa para evitar la caída del cabello. Menester ciudadano de la picardía que lo estregaba ya al riesgo de la calle, en su muy amada ciudad de Buenos Aires. La que debió estratificarse en sus versos estupendos, en ese libro que tiene un título de pórtico definitorio: La crencha engrasada. El volumen que se imprimió en su primera edición en 1928 lo fue merced a la generosidad de don Eduardo Dughera, llamado El Diente, en otro certero bautizo de la calle. Era el nunca olvidado revendedor de Crítica, animador de sus páginas, amigo nuestro. Su mano se abría con un crujiente billete para tapiar las hendijas vitales de nuestra siempre urgente bohemia. Por eso el Malevo dedica el libro a Dughera. Pero en la mitad -me parece estar viéndolo- su generoso corazón se lo detuvo en la mano y estampó una segunda dedicatoria que me concierne de muy de cerca y que todavía, a pesar de las hojas del almanaque caídas, agarrota mi garganta en un frunce de emoción antañona. Dice así la dedicatoria: "A mis rivales en el cariño de Buenos Aires: Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges".
El libro no tuvo mucho éxito inmediato, salvo entre nosotros. César Tiempo, justo es reconocerlo, lo incluyó junto a todos los poetas de vanguardia de entonces en su memorable Antología de la poesía argentina, ordenada en colaboración con Pedro Juan Vignale. Pero los literatos jailafes, los académicos, los demás, no sintieron la fuerza tremenda de sus estrofas, duras y tiernas a la vez, en ese panegírico exaltado de sus héroes, esa cadencia villoniana de sus expresiones, ese trazado de mapa sobre el perímetro sentimental ciudadano, arrimando a los ojos los personajes fallidos, a los perdidos, a los funámbulos, dentro de la gran corte celestial de los milagros porteños.
El fue quien coronó definitivamente a la musa rea con la gran tiara formal y esdrújula, concluyendo un cielo que comenzaron honestamente los otros poetas menores. El Malevo Muñoz fue el bardo sintetizador y perfecto, porque su libro -su único libro- es definitivo y concluyente y no se le puede encontrar desperdicio ocasional, ripio maloliente, traición a los suyos, infidelidad alguna. Muy pálida puede parecer esta afirmación si no la confrontamos con sus versos impares en nuestra literatura de bajo fondo. Bueno, esto de bajo fondo lo uso como definición y ubicación y nunca con acento peyorativo, porque vale tanto como decir alto nivel u otra macana por el estilo. Lo que vale por sus cabales es el contenido y su despliegue hacia el reconocimiento sentimentalmente topográfico de una ciudad como la nuestra, cuyo cosmopolitismo de puerto franco tenía que ser cuajado en lo desgarrado de la imagen, en la tenaza de la metáfora como solamente el Malevo Muñoz pudo hacerlo.
Juan Cedrón y Héctor Alterio - La crencha engrasada (1967)
Poemas lunfardos de Carlos de la Púa recitados por Héctor Alterio y cantados por Juan Cedrón, incluye tapas. Clic en la imagen (Mediafire)
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La vida azarosa, pintoresca, de nuestro querido Malevo necesitará algún día tener su cronista informado y minucioso. De su vida podría extraerse una gran novela picaresca del Buenos Aires ido. Allí estaría como un gran bonzo del porteñismo rodeado por los increíbles tipos que conocía, amaba, auxiliaba y que le formaban una especie de corte de los milagros casi increíbles si no hubiera existido. De sus anécdotas, lo mismo. Las recuerdan devotamente sus amigos, que son innumerables y fuera de serie: boxeadores de nariz aplastada, corredores de comercio vitivinícola, algún carrero jubilado, jockeys viejos, ladrones en reposo, quinieleros en faena, músicos tangueros, poetas de veras, periodistas con mosto, canillitas canosos y también ¿por qué no? cualquiera que haya estado en la Tierra, como se decía antes, y no de turista.
Un aire insolente, de prepotencia, sobrador, flota como niebla matutina en cada línea del Malevo. Es el empaque taura del porteño de antes, elegante y displicente, que se sabía dueño de su empedrado y de su baldosa, de su cortada y de su farol. Miraba la vida desde el estaño de los mostradores esquineros y juzgaba la cosa y las cosas con su filosofía especial, entre nihilista y desaprensiva, hombros encogidos en una especie de manfichismo suicida, porque es él quien había dicho catalogando hechos y personas, hombres y mujeres, con el certero trazo de una carbonilla imborrable: tras cartón está la muerte.
Nació el 14 de enero de 1898. Conocido también como Carlos Raúl Muñoz y Pérez, Carlos Muñoz del Solar, o simplemente el Malevo Muñoz, poeta, periodista y cineasta, porteño convicto y confeso, gran animador de las redacciones y la bohemia noctámbula de Buenos Aires, nunca se sabrá si las reminiscencias bacanas de su apellido Del Solar tenían algo que ver con la verdad o se trataba de otra de sus cachadas. Redactor del diario Crítica, compañero de andanzas periodísticas, literarias y etílicas de Troilo, Cadícamo, los hermanos Tuñón, Arlt y Olivari, fue guionista del film "Tango", actor en "Galería de esperanza" y director de "Internado". Escribió los tangos "Luces de París" y "Coraje y fuego" y publicó "La crencha engrasada", obra emblemática de la poesía lunfarda. Murió el 5 de mayo de 1950.
Alguien -Carlos de la Púa fue siempre pudoroso de su pasado y no lo notició- dijo que él, con una gorda culebra variopintada a modo de bufanda sobre el cuello, pregonaba las excelencias de su grasa para evitar la caída del cabello. Menester ciudadano de la picardía que lo estregaba ya al riesgo de la calle, en su muy amada ciudad de Buenos Aires. La que debió estratificarse en sus versos estupendos, en ese libro que tiene un título de pórtico definitorio: La crencha engrasada. El volumen que se imprimió en su primera edición en 1928 lo fue merced a la generosidad de don Eduardo Dughera, llamado El Diente, en otro certero bautizo de la calle. Era el nunca olvidado revendedor de Crítica, animador de sus páginas, amigo nuestro. Su mano se abría con un crujiente billete para tapiar las hendijas vitales de nuestra siempre urgente bohemia. Por eso el Malevo dedica el libro a Dughera. Pero en la mitad -me parece estar viéndolo- su generoso corazón se lo detuvo en la mano y estampó una segunda dedicatoria que me concierne de muy de cerca y que todavía, a pesar de las hojas del almanaque caídas, agarrota mi garganta en un frunce de emoción antañona. Dice así la dedicatoria: "A mis rivales en el cariño de Buenos Aires: Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges".
El libro no tuvo mucho éxito inmediato, salvo entre nosotros. César Tiempo, justo es reconocerlo, lo incluyó junto a todos los poetas de vanguardia de entonces en su memorable Antología de la poesía argentina, ordenada en colaboración con Pedro Juan Vignale. Pero los literatos jailafes, los académicos, los demás, no sintieron la fuerza tremenda de sus estrofas, duras y tiernas a la vez, en ese panegírico exaltado de sus héroes, esa cadencia villoniana de sus expresiones, ese trazado de mapa sobre el perímetro sentimental ciudadano, arrimando a los ojos los personajes fallidos, a los perdidos, a los funámbulos, dentro de la gran corte celestial de los milagros porteños.
El fue quien coronó definitivamente a la musa rea con la gran tiara formal y esdrújula, concluyendo un cielo que comenzaron honestamente los otros poetas menores. El Malevo Muñoz fue el bardo sintetizador y perfecto, porque su libro -su único libro- es definitivo y concluyente y no se le puede encontrar desperdicio ocasional, ripio maloliente, traición a los suyos, infidelidad alguna. Muy pálida puede parecer esta afirmación si no la confrontamos con sus versos impares en nuestra literatura de bajo fondo. Bueno, esto de bajo fondo lo uso como definición y ubicación y nunca con acento peyorativo, porque vale tanto como decir alto nivel u otra macana por el estilo. Lo que vale por sus cabales es el contenido y su despliegue hacia el reconocimiento sentimentalmente topográfico de una ciudad como la nuestra, cuyo cosmopolitismo de puerto franco tenía que ser cuajado en lo desgarrado de la imagen, en la tenaza de la metáfora como solamente el Malevo Muñoz pudo hacerlo.
Juan Cedrón y Héctor Alterio - La crencha engrasada (1967)
Poemas lunfardos de Carlos de la Púa recitados por Héctor Alterio y cantados por Juan Cedrón, incluye tapas. Clic en la imagen (Mediafire)
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La vida azarosa, pintoresca, de nuestro querido Malevo necesitará algún día tener su cronista informado y minucioso. De su vida podría extraerse una gran novela picaresca del Buenos Aires ido. Allí estaría como un gran bonzo del porteñismo rodeado por los increíbles tipos que conocía, amaba, auxiliaba y que le formaban una especie de corte de los milagros casi increíbles si no hubiera existido. De sus anécdotas, lo mismo. Las recuerdan devotamente sus amigos, que son innumerables y fuera de serie: boxeadores de nariz aplastada, corredores de comercio vitivinícola, algún carrero jubilado, jockeys viejos, ladrones en reposo, quinieleros en faena, músicos tangueros, poetas de veras, periodistas con mosto, canillitas canosos y también ¿por qué no? cualquiera que haya estado en la Tierra, como se decía antes, y no de turista.
Un aire insolente, de prepotencia, sobrador, flota como niebla matutina en cada línea del Malevo. Es el empaque taura del porteño de antes, elegante y displicente, que se sabía dueño de su empedrado y de su baldosa, de su cortada y de su farol. Miraba la vida desde el estaño de los mostradores esquineros y juzgaba la cosa y las cosas con su filosofía especial, entre nihilista y desaprensiva, hombros encogidos en una especie de manfichismo suicida, porque es él quien había dicho catalogando hechos y personas, hombres y mujeres, con el certero trazo de una carbonilla imborrable: tras cartón está la muerte.
sábado, 8 de noviembre de 2014
LOS CLUBES MILONGUEROS
Racing Club recibió su tango de parte de Roberto Firpo. El enemigo acérrimo, del otro lado de la acera de Avellaneda, Independiente, tuvo el suyo denominado "Rey de Copas", de Agustín Bardí, con lo que se acrecentó la rivalidad.
Tango y Futbol Gimnasia y Esgrima Para 1927, José Rebolini y Carlos Pesce le entregaron su himno a ritmo de tango a San Lorenzo de Almagro.
Para Boca Juniors, Juan D’Arienzo hizo "Azul y oro" y el himno oficial de River Plate lo estructuró el tanguista Francisco Canaro.
Un bandeonista llamado Horacio Pezzi llamó a su amigo Carlos Espíndola para crear juntos "El expreso de la Plata" con toda la devoción para el club Gimnasia y Esgrima.
Pero Uruguay, que también ha manifestado su poder sobre el tango, tiene historias musicales inspiradas en el futbol.
Tango y Futbol Atletico NacionalEl Club Nacional recibió su tema de José Adolfo Puglia y Edgardo Pedrozza. Gerardo Matos Rodríguez, autor de "La Cumparsita" y fiel seguidor del equipo tricolor, le nació del alma un tema llamado "Nacional para Siempre", con letra de Hugo Bello.
El rival no se quiso quedar relegado y "Peñarol por siempre" fue una canción compuesta por Julio Esteban Martínez Pirincho, Edgardo Marchese y Reinaldo Yiso.
Tango y futbol no sólo queman las calles de Buenos Aires, sin embargo, desde México hasta Chile, este arte que empezó como una epidemia subversiva y mal vista por la sociedad, tiene cientos de feligreses que la adoptan como propia, sobre todo cuando visitan Argentina.
lunes, 3 de noviembre de 2014
TUCUMANO DE LEY
JOSÉ LUIS PADULA
Tucumán, 30 de octubre de 1893; Buenos Aires, 12 de junio de 1945.
Guitarrista, armoniquista, pianista, bandoneonista, director y compositor, fue coautor del rosarino Arturo Juan Rodríguez y otros autores provincianos olvidados por la llamada “Gran Historia”, aunque no sabemos si “Historia Grande”.
José Luis Padula nació en Tucumán el 30 de Octubre de 1893 y desde su adolescencia gustó incursionar por los ambientes de extramuros, en los cuales aprendió a tocar de “oído” el piano y el bandoneón. Llegó un día a Buenos Aires, meta de su consagración, pero su inquietud le llevaba a realizar continuamente extensas giras.
Allá por el año 1908, según sus propios recuerdos, Padula dio forma a un tango que tituló “9 de Julio” y dos años después otro: “Lunes 13”. Estas dos primeras obras consagraron a Padula como un auténtico e inspirado compositor. Durante la década de 1910, siguió cosechando composiciones destacadas, como por ejemplo el tango “El parnaso”, editado en 1912 por Ortelli Hermanos: “A los distinguidos señores” Ramón Achotegui, Luis Arrazola, Teniente 1º Héctor Calderón, Miguel Capucci. Teniente Natalio Faverio, Carlos González Delgado, Vicente Jorba (h), Artemio F. Masolino, Subteniente Rodolfo Mujica, J. Requena Gallo, Avelino Sodupe, Dr. J. Torres Altamira, Subteniente A. C. Valette y Martín Viale.
Desde fines de los años diez y hasta los primeros años del veinte, Ortelli imprimió seguidamente otros tangos de Padula que fueron verdaderos aciertos como: “El taita caballerito”, “Dulce tango”, “¿Qué querés con tu elegancia?”, “De mis pagos”, -dedicado a su amigo Rafael Rossi- y el popularísimo “Tucumán”, en homenaje a su tierra natal, y que por obra de Juan D’Arienzo perdurara en el reportorio de las grandes orquestas. En 1924, dio a conocer su bello tango “Memorias”, que editara Pirovano y que grabara poco después Osvaldo Fresedo en Odeón.
En el año 1928, Padula se radicó definitivamente en Buenos Aires, componiendo entre varias obras de nota, las zambas “La Llorona” (grabada brillantemente por su orquesta norteña en 1930, para discos Colombia), “La Gaucha”, “La quebrada de Lules”, “Corazones amantes”; las rancheras “La mentirosa”, “La Buenamoza” y el vals “Me duele el alma”.
Otro de sus tangos famosos fueron: “25 de mayo”, cuya letra escrita por Enrique Cadícamo, fue cantada por Teófilo Ibañez con la orquesta de Firpo -(como me acota el coleccionista C. Lanner de Austria, no debe confundirse esta obra ni con el tango de Arolas ni con la ranchera que grabó Charlo)-, y sin duda alguna, el tango “Lunes” (Lunes 13), que lleva letra del genial poeta Francisco García Jiménez. Este tango fue dedicado por Padula al maestro Francisco Canaro –quien lo grabó en 1927-, y a Minotto Di Cicco, con esta frase: “Al creador del Tango-Milonga Francisco Canaro, y al sin rival ejecutante del bandoneón Minotto Di Cicco, dedico afectuosamente”. Dicha versión fue registrada por el cantor y guitarrista Mario Pardo y en la década del cuarenta fue potenciada por el conocido disco de la orquesta del Alfredo De Angelis con la voz de Carlitos Dante. “Bicho feo” (no confundir con un homónimo de Enrique Maciel grabado por Corsini), fue ejecutado con valía por la orquesta de Anselmo Aieta, que también le llevó al disco el tango “Pasó a la historia”.
Por sugerencia de Agustín Magaldi, que deseaba cantar “9 de Julio”, Padula accedió a modificar la primera parte de su obra, agregándole una melodía cantable y requiriendo a su colaborador Lito Bayardo, los versos que tornaron óptima a la obra para ser cantada. Finalmente Magaldi la grabó en discos Brunswick, con singular éxito. Según Bayardo, este tango fue cantado en su casa de Rosario, a dúo por Agustín Magaldi y Carlos Gardel en una reunión privada.
En 1930, su orquesta norteña inició su labor discográfica en el sello Columbia, registrando numerosas placas de chacareras, zambas, rancheras y valses, que por suerte conservamos. Su ranchera “La Mentirosa”, fue un notable éxito de su orquesta y de la estilista Virginia Vera, quien también formaba parte del elenco estable de artistas de la casa Columbia.
En 1932 participó en el espectáculo evocativo llamado “El tango porteño”, integrando la “Orquesta de la Guardia Vieja” Ponzio-Bazán que completaban: el guitarrista y violinista Eusebio Aspiazu, “el Cieguito” (1865-1945); el contrabajista, violinista y actor teatral Eduardo E. Arbol Erezcano (¿?; 1953); el pianista, bailarín, director y compositor uruguayo (1878-1941) Enrique Saborido, el violinista Ernesto Juan Muñecas, erróneamente consignado como Enrique (¿?; ¿?), el violinista y codirector Ernesto Ponzio, “el Pibe Ernesto” (1885-1934); el clarinetista, saxofonista y codirector Juan Carlos Bazán (1887-1936); el violinista Alcides Palavecino (¿?-1963), José Luis Padula en guitarra, el flautista Vicente Pecci (“el Tano Vicente”) (1886-1945) y el guitarrista Domingo Pizarro (¿?; ¿?), todos ellos ejecutantes destacados del tango.
En 1933, colaboró con su amigo Carlos Gardel, participando en la revista de Ivo Pelay “De Gabino a Gardel”, en el Teatro Nacional de la calle Corrientes, haciendo el papel de Villoldo. En un acto de la pieza, Padula ejecutaba la guitarra y la armónica, al igual que el genial compositor de “El choclo”.
Hacia 1935, pasó a grabar discos en la casa Odeón, contando como vocalista nada menos que a Ángel Vargas. El gran cantante grabó entre otros temas, el tango “Brindemos compañeros” de Padula y Cadícamo, y la ranchera “Ñata linda”, composición también creada por el binomio Padula-Bayardo. De aquella tanda de versiones de la orquesta que afortunadamente poseemos, también merece destacarse la milonga “Picante”, otra de las grandes melodías de Padula que fue grabada exitosamente por su inspirador y posteriormente por el maestro Rodolfo Biagi. Debe señalarse, que tanto en las versiones de discos Columbia u Odeón, ora sea con el trío o con la orquesta, Padula participaba desde el bandoneón o desde el piano en cada una de las grabaciones.
Dentro de su distinguida obra autoral podemos anunciar, el vals “Jardín florido” con letra del autor rosarino Lito Bayardo, gran amigo de Padula que también escribiera los versos de “9 de julio” y “La mentirosa”. A propósito del vals precitado, que cuenta con la famosa grabación del conjunto folklórico cordobés “Los del Suquía”, podemos recordar la siguiente dedicatoria de su creador: “A la prestigiosa poetisa Sra. Evangelina Mercado Vera y a su esposo Elías Mercado Vera, con la mayor estimación. El Autor” (J. L. P.). “Grabado en discos Odeón por la Orquesta J. L. Padula”. La obra había sido editada en papel por la Editorial Perroti, en el mes de noviembre de 1934.
Hacia 1938, volvió a componer con la colaboración autoral de Enrique Cadícamo. Fue así que surgió el tango “Gemido”, que publicara en Buenos Aires, Américo Argentino Vivona.
En 1941, dedicó el tango “Bardi”, al gran compositor con esta leyenda: “A la memoria de mi viejo amigo y gran compositor Agustín Bardi”. Edición Ricordi. En el mismo año, susodicha editorial publicó otro tango de Padula, intitulado “El guaraní”. Y también compuso el tango “Violetas”, con letra de Héctor Marcó. Publicado por Buccheri el 10 de junio de 1941. “Al excelentísimo Dr. Elkin, caballero y amigo, a quien todos los artistas confían el destino de su garganta por la maestría de su sabia mano”.- Los autores. Debemos recordar, que el prolífico letrista Héctor Marcó, era desde los años treinta un reputado cantor radial, y que tuvo problemas en sus cuerdas vocales y fue tratado por el eminente cirujano. Con el paso del tiempo, el problema fónico de Marcó fue insalvable y debió retirarse del canto, aunque no del ambiente musical, ya que fue sin duda alguna, uno de los más talentosos letristas del género.
Otras de las obras de este genial compositor han sido la ranchera “Con los colores del cielo”, los valses “Mi vida”, “Noche de estrella” (con letra de Cadícamo), “Me duele el alma”, letra de Bayardo grabado por Virginia Vera; la zamba “Ladrona de corazones” (de 1937) y muchos más.
La editorial Perroti anunciaba en 1973 este homenaje: “En la historia del tango José Luis Padula ocupa justicieramente uno de los primeros capítulos. Por los caminos de la Patria, fue el juglar trashumante, sembrador de motivos populares, que brotaron de la sensibilidad de su alma criolla, para interpretarlos en su armónica o su guitarra, primeros instrumentos con los que aprendió a arrancar melodías, ya de tierra adentro, ya de temas ciudadanos. El día 12 de junio de 1945, a los 51 años, cuando aún mucho podía esperarse de su inspiración, José Luis Padula falleció en nuestra Capital".
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